El 1 de febrero de 1886, una tumba familiar sellada durante más de tres mil años dejó de ser silencio en la necrópolis de Deir el-Medina. Dentro estaban los enterramientos de Sennedjem, artesano de la dinastía XIX, y de varios miembros de su familia; también pinturas, muebles, cajas, recipientes y los restos de una vida entera trasladada al mundo de los muertos. Entre quienes siguieron de cerca aquel hallazgo estaba Eduard Todá, vicecónsul español en El Cairo.
La escena merece ser contada sin convertirla en una leyenda individual. La tumba fue localizada por agentes del Servicio de Antigüedades egipcio y Gaston Maspero acudió al lugar con varios especialistas, entre ellos Todá.
La participación del diplomático de Reus fue decisiva para la memoria española del descubrimiento: tomó notas, reunió información, dio a conocer el episodio y ayudó a que una parte de aquel mundo egipcio encontrara después un lugar en museos españoles.

La tumba de un hombre que trabajaba para los reyes
Sennedjem no pertenecía a la familia real. Era un artesano de Deir el-Medina, la comunidad de trabajadores encargada de excavar y decorar las tumbas de los soberanos en la orilla occidental de Tebas. Su título lo vinculaba al «Lugar de la Verdad», la denominación administrativa del entorno funerario real. Esa posición le proporcionaba un oficio especializado, una red familiar y la capacidad de encargar una tumba de una calidad extraordinaria.
La cámara de Sennedjem conserva escenas que hoy parecen íntimas: el difunto y su esposa Iyneferti ante las divinidades, campos ideales que se cultivan después de la muerte, alimentos, herramientas y fórmulas de protección. Cada imagen responde a una idea religiosa, aunque también abre una ventana a los deseos de una familia que conocía de cerca el lenguaje visual empleado en las sepulturas de los faraones.

Una cámara sellada, una excavación de otro tiempo
El hallazgo fue excepcional por su conservación, aunque no llegó intacto al presente en el sentido moderno de la palabra. Las excavaciones de finales del siglo XIX se desarrollaban con objetivos, ritmos y normas muy distintos de los actuales. La documentación de Todá conserva datos que hoy resultan valiosos, pero debe leerse junto a los inventarios egipcios y a los estudios posteriores que han reconstruido la composición familiar y la procedencia de las piezas.
Este matiz es esencial. En 1886 se celebraba la riqueza de un hallazgo y se aceptaba con naturalidad que objetos excavados circularan por colecciones e instituciones de varios países. La arqueología contemporánea exige conservar los contextos, publicar con detalle y explicar las trayectorias de cada pieza. Mirar a Eduard Todá desde ese marco permite reconocer su importancia sin ocultar las condiciones de la época en que trabajó.

La colección que llegó a Cataluña
Todá había sido destinado a Egipto como vicecónsul entre 1884 y 1886. A su regreso donó a la Biblioteca-Museu Víctor Balaguer una colección formada por amuletos, ushebtis, máscaras, objetos funerarios y la momia infantil de Nesi. La donación, realizada en 1886, convirtió ese fondo en la primera colección egipcia constituida en Cataluña. Al año siguiente publicó un catálogo de 48 páginas para ordenar y describir las piezas.
Algunos materiales vinculados a Deir el-Medina quedaron en instituciones españolas, mientras el núcleo principal del ajuar de Sennedjem permanece en Egipto. Esa distribución cuenta una segunda historia: la de los museos, el coleccionismo y la construcción de la egiptología en España. El valor de la colección no está solo en las piezas expuestas; también se encuentra en las fotografías, las cartas, los catálogos y las notas que permiten reconstruir cómo se miró Egipto desde aquí.
El diplomático que dejó una memoria escrita
Eduard Todá no fue un explorador aislado, aunque su vida se presta a esa imagen. Fue diplomático, bibliógrafo, coleccionista y autor de textos que buscaron acercar el Egipto faraónico al público español. Su relación con Maspero y con otros especialistas le abrió las puertas de un ambiente internacional donde se discutían hallazgos, antigüedades y métodos de estudio. Su aportación fue convertir esa experiencia en una memoria escrita y en una colección accesible. Por eso la historia de Eduard Todá sigue teniendo interés.
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