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Así descubrieron los arqueólogos que los tifones sacudieron la China antigua

Los huesos oraculares que revelan un tiempo de catástrofes en la China de hace 3.000 años

A veces la Historia no habla en crónicas solemnes ni en inscripciones triunfales. A veces habla con miedo. Con preguntas breves, casi nerviosas, grabadas sobre un caparazón o sobre el hueso de un animal sacrificado. “¿Habrá desastre?”. “¿Será buena esta lluvia?”. En esas frases, secas como un tajo de cuchillo, late una angustia que no necesita traducción. Y ahora, tres mil años después, un nuevo estudio ha vuelto sobre aquellos testimonios para reconstruir una vieja pesadilla: la de una China de la Edad del Bronce golpeada por lluvias extremas, inundaciones y desórdenes sociales de gran escala.

La investigación, publicada en Science Advances, sostiene que el aumento de la actividad de tifones pudo desempeñar un papel decisivo en una cadena de fenómenos climáticos severos que afectaron al interior de China en torno a hace 3.000 años. No se trata de una intuición lanzada al vuelo. Los autores han combinado inscripciones sobre huesos oraculares, evidencias arqueológicas, reconstrucciones paleoclimáticas y modelos físicos y asistidos por inteligencia artificial para llegar a esa conclusión.

Cuando el cielo se convirtió en un problema político

La dinastía Shang, que gobernó aproximadamente entre 1600 y 1046 a. C. en el valle del río Amarillo, dejó uno de los testimonios escritos más antiguos de la civilización china: los llamados huesos oraculares. Eran, por lo general, caparazones de tortuga y omóplatos de buey sobre los que se grababan preguntas dirigidas a los antepasados o a las potencias sobrenaturales. Después se aplicaba calor, el material se agrietaba y esas fisuras se interpretaban como respuesta.

El yacimiento arqueológico de Yin Xu, cerca de Anyang, antigua capital de la dinastía Shang y lugar donde se descubrieron miles de huesos oraculares.

Lo interesante es que aquellos textos no sólo preguntaban por campañas militares, cosechas o partos reales. También dejaban constancia de la inquietud por el clima. En ellos aparecen menciones repetidas a la lluvia, a los desastres y a episodios vinculados al agua. El equipo investigador revisó más de 55.000 inscripciones fechadas entre aproximadamente 1250 y 1046 a. C. y detectó que, conforme avanzaba ese periodo, aumentaban las referencias a lluvias intensas y calamidades asociadas. No parece un detalle menor. Parece el rastro documental de una sociedad que veía cómo el tiempo dejaba de obedecer.

En uno de esos fragmentos aparece una pregunta demoledora por su sencillez: “¿Habrá desastre?”. El carácter empleado para “desastre”, según explican los investigadores, evoca una forma ondulada relacionada con el agua. Es decir, no hablamos de una desgracia abstracta o filosófica, sino de una amenaza muy concreta: la inundación.

El yacimiento arqueológico de Yin Xu, cerca de Anyang, antigua capital de la dinastía Shang y lugar donde se descubrieron miles de huesos oraculares.

Tifones en la costa, ruina en el interior

La gran aportación del estudio está en el vínculo entre esos testimonios escritos y la dinámica atmosférica. Los autores plantean que una intensificación de los tifones, normalmente asociados a las regiones costeras, pudo multiplicar los episodios de lluvia extrema y desbordamientos tierra adentro, hasta golpear con fuerza la llanura central china, considerada uno de los grandes núcleos originarios de la civilización del país.

Según sus modelos, entre aproximadamente 1850 y 1350 años antes del presente se intensificó una trayectoria de tifones hacia el norte que afectó a la llanura central y al territorio Shang. Más tarde, entre 850 y 500 años antes del presente, aumentó una trayectoria hacia el oeste que habría castigado la llanura de Chengdu. Esa alteración del patrón ciclónico habría favorecido lluvias torrenciales, crecidas fluviales y anegamientos persistentes con consecuencias demográficas y culturales notables.

Dicho de otra manera: un fenómeno nacido en la costa podía terminar sembrando el desastre a centenares de kilómetros, en regiones interiores que quizá no estaban preparadas para una violencia hidrológica de esa magnitud.

La arqueología confirma el golpe

Los textos, por sí solos, ya eran elocuentes. Pero la arqueología ha terminado de darles cuerpo. En la llanura de Chengdu, vinculada al antiguo reino de Shu, los investigadores encontraron indicios de daños por inundación en estructuras fechadas hacia el 950 a. C. y también restos de diques destruidos por el agua hacia el 500 a. C. Además, observaron un descenso en el número de yacimientos y una mayor concentración de asentamientos en zonas más elevadas, lo que sugiere desplazamientos humanos buscando refugio frente a las crecidas.

El patrón encaja con algo bien conocido por cualquier historiador que haya seguido el pulso largo de las civilizaciones: cuando el agua deja de ser un recurso y se convierte en amenaza recurrente, el paisaje humano cambia. Se abandonan núcleos, se buscan cotas más seguras, se tensan los sistemas de poder y la estabilidad política se resiente. La climatología, cuando golpea con persistencia, no es un simple telón de fondo. Es también un actor histórico.

El final de una edad dorada

La investigación no afirma que los tifones derribaran por sí solos a la dinastía Shang ni que expliquen de manera exclusiva las transformaciones del interior de China. Los propios autores señalan que el clima de la época fue muy variable y que otros riesgos, incluidas sequías ligadas a condiciones tipo El Niño, pudieron contribuir a la inestabilidad. Pero el estudio sí propone, por primera vez, un encadenamiento convincente entre tifones costeros, lluvias extremas en el interior, inundaciones y cambios sociales en torno a 1050 a. C.

Eso obliga a mirar el ocaso de la Shang con un matiz distinto. Ya no sólo como resultado de conflictos políticos, rivalidades militares o sustituciones dinásticas, sino también como consecuencia de un entorno natural que se volvió más hostil. La vieja idea de que las civilizaciones caen únicamente por sus errores internos siempre ha sido cómoda. La realidad suele ser más áspera: a veces los reinos también se quiebran porque el cielo cambia las reglas.

Artefactos de la dinastía Shang, una de las primeras civilizaciones estatales de China, famosa por su metalurgia del bronce y por los huesos oraculares utilizados en rituales de adivinación.
Artefactos de la dinastía Shang, una de las primeras civilizaciones estatales de China, famosa por su metalurgia del bronce y por los huesos oraculares utilizados en rituales de adivinación.

Redacción

Equipo de Redacción / Notas de Prensa / Agencias

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