Iconografía del Juicio Final en el arte románico europeo

 
Un libro escrito de forma críptica y alegórica atribuido a San Juan, el apóstol, marca el tono moral de toda una época: El Apocalipsis.
 
 
En sus 404 versículos se nos anuncia el regreso de Cristo en el final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos, retorno que estará precedido de numerosas calamidades pero, tras superarlas, la iglesia y Cristo acabarán victoriosos.
La visión del juicio final presidido por Cristo en Majestad, o Pantocrátor, rodeado por simbología cristiana y herética son representaciones muy abundantes en el románico (Siglos XI, XII y parte del XIII) en toda la geografía cristiana. A pesar de la idea de destrucción que nos evoca, el mensaje del Armagedón no era otro que la esperanza, tan necesaria durante la prohibición del cristianismo por los romanos.
 
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En el año 776, Beato de Liébana redacta una serie de comentarios en torno al apocalipsis, “Commentarium in Apocalypsin”, durante 10 años crea una colección de textos acompañados de miniaturas que ilustran los pasajes del texto sagrado. Beato calculó que en el año 800 se cumplía el sexto milenio, al  final  del  cual vendría el Anticristo. Se decía que Cristo había nacido en el año 5200 después  de  la  creación, es decir, que 800 años después de su nacimiento sería  el  sexto  milenio. Con estos textos ilustrados, Beato, pretendía preparar a los fieles para el fin del mundo y advertir a todo aquel que no reconoce a Cristo como divinidad que sería condenado.
 
Tras el “fracaso” de la predicción, la iglesia entró en una fase de espera del fin de los días, la cual aprovecharon para infundir temor en los laicos y esperanza en los más acérrimos creyentes asegurando diferentes fechas cercanas para el Apocalipsis (848, 992, 999, 1033…) El libro de Beato se comenzó a copiar por toda Europa durante los dos siglos posteriores ( X y XI ) entrando en la Plena Edad Media como uno de los libros más copiados y editados puesto que cada autor añadía más comentarios y diferentes ilustraciones o miniaturas. A nuestros días han llegado 31 ejemplares de esta obra, 24 de ellos ilustrados. La iconografía reflejada en los diferentes “Beatos”, que así se conocen estas copias, son las referencias que van a tomar los artistas del románico, ya en el siglo XI, para efectuar sus obras pictóricas o escultóricas. El fin de todas estas obras románicas no era otro que el de informar al ciudadano de lo que era correcto, en este caso ser un buen cristiano, y las consecuencias sobrevenidas de no serlo.
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La influencia de la iglesia crecía y las órdenes religiosas se multiplicaban como su fortuna y poder. El Camino de Santiago comunica la península con el resto de Europa, la nobleza da la bienvenida a órdenes monacales (Cluny, Cister…) patrocinando la construcción de grandes iglesias, monasterios y catedrales por todo el continente. Así es como la orden de Cluny (Francia), impulsora del arte románico por excelencia, se vuelve la más poderosa de Europa contagiando al resto de órdenes e influenciando en el resto de construcciones religiosas de la época. El Apocalipsis y el “Ora et Labora” se convirtieron en la temática iconográfica para la decoración de estas nuevas construcciones, todo ello creado para la contemplación de los feligreses, divulgar las verdades de la fe e instruirlos.
 
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La decoración figurativa románica recoge todo el simbolismo de los “Beatos”: sus ángeles y demonios, su Cristo en el Trono, sus jinetes y bestias del apocalipsis… Toda ornamentación estaba sujeta a esa ley no escrita: “El fiel debe saber”. Y así se hizo, en las mismas entradas de las iglesias se situaron como decoraciones, sobre los pórticos, escenas del Juicio Final cuyo centro era un Cristo Pantocrátor de dimensiones gigantescas, a la derecha situaban apóstoles, ángeles, la Virgen y otros iconos que reflejaban la cristiandad; a la izquierda situaban las escenas del juicio de las almas, monstruos infernales, falsos profetas… Situado sobre Cristo imágenes celestiales e inmediatamente por debajo, las infernales. Estas eran sus principales características, pudiendo verse tanto en la escultura como en pintura mural. También era muy común adornar los capiteles con escenas de este tipo, en especial, demonios, figuras deformes o males que le pueden pasar a uno si no es como la iglesia ordena, como por ejemplo una imagen de un demonio arrancando la lengua con unas tenazas a un hombre, señal de que el hombre era un blasfemo y que servía como advertencia para el que la viera, todo ello adquiere una función  catequético-pedagógica y moral.
 
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El simbolismo presente no buscaba confundir, ni representar directamente algo, sino “sugerir” algo; el tipo de iconografía era muy sencillo, con figuras que marcaban mucho las expresiones, se trataba de una escultura muy gestual, muy intuitiva para el ojo del hombre de a pie, se buscaba que el templo fuese un “libro abierto” para los fieles y que el mensaje calase hondo y rápido en la gente: “Lo que hagas en tu vida será juzgado en el cielo”.
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Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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