
En la Montaña Oriental Leonesa, en el castro de La Peña del Castro (La Ercina, León), apareció en 2017 una de esas piezas humildes que, cuando las limpias bien, te obligan a replantear el relato: una fusayola (contrapeso del huso de hilar) hecha en talco, con un signo inciso en una de sus caras. Pequeña, doméstica, casi invisible… y, sin embargo, potencialmente explosiva para lo que creemos saber sobre la escritura en el norte peninsular antes de Roma.

La noticia ha circulado estos días en divulgación (con la emoción comprensible de “¡la escritura más antigua!”), pero el interés real está en el matiz: el artículo académico plantea una pregunta incómoda y metodológica —la buena—: ¿estamos ante una simple marca (de propiedad, taller, control) o ante un ejemplo de grafía en signario celtibérico?

Qué se halló exactamente y dónde
La pieza se cataloga como 107b/13: una fusayola “cilíndrica plana con perforación central” realizada en talco gris oscuro, con una veta “melada”. El talco importa: es blando, se trabaja fácil, deja incisiones limpias y, además, el autor destaca que en el norte peninsular su dispersión es rara, lo que abre otra cuestión sobre aprovisionamiento y talleres.
Apareció en un contexto muy concreto y muy “de vida”: una estructura circular interpretada como almacén privado (Es-07), de unos 6 metros de diámetro, con poste central, muros de madera y barro y parte de cimentación de piedra. La fusayola se recuperó en los derrumbes de las paredes (UE 107b), sobre el suelo de circulación de arcilla apisonada. Es decir: no es un hallazgo fuera de contexto, ni una pieza suelta de colección antigua, ni un “objeto viajero” sin historia estratigráfica.
Y lo mejor: ese almacén no estaba vacío. Asociado al edificio se documentó un conjunto que huele a economía doméstica y excedente: semillas en un cesto de corteza, restos de bóvido en conexión que podrían corresponder a carne curada, herramientas vinculadas a trabajo agrícola y artesanal, afiladeras… y otras piezas de talco (fusayolas decoradas y un colgante/cuenta).

El castro y su momento histórico
La Peña del Castro ofrece una secuencia larga, del siglo X a. C. al siglo I d. C., pero el debate del signo se juega sobre todo en la fase de los siglos II–I a. C., cuando el asentamiento se expande por el cerro y se registra un aumento demográfico y cambios sociales y económicos. El final llega con la conquista romana, con destrucción e incendio del poblado, y más tarde un episodio de castellum romano ya en la segunda mitad del siglo I d. C.
Esta precisión cronológica es clave porque evita el titular fácil: no estamos ante “escritura cántabra primigenia” sin más, sino ante una comunidad en transformación, con contactos y con posibles influencias culturales que el propio trabajo relaciona con el entorno vacceo en esos momentos finales de ocupación.

El signo: la navaja de Occam contra la ambición
El autor resume el marco con una frase que debería ponerse en la puerta de cualquier excavación: en el norte peninsular, en general, no hay escritura sistemática antes de Roma. Y justo por eso una incisión “disonante” en una fusayola obliga a elegir entre dos caminos: el prudente y el sugerente.

1) La hipótesis “marca”
Una fusayola es un objeto de uso cotidiano. Podría llevar:
- marca de propiedad (identificar a la dueña/usuario, un taller, un lote),
- marca de control (almacén, redistribución),
- o un simple signo funcional.
Esto encaja con paralelos: el trabajo menciona la recurrencia de signos similares en grafitos vacceos y recuerda que, desde el siglo II a. C., en ciertos ámbitos del interior meseteño se documentan usos de escritura o signos en contextos materiales.
2) La hipótesis “grafía”
Aquí está la pólvora: el signo podría corresponder a una grafía del alfabeto celtibérico, en la periferia cantábrica central, “similar a las halladas en el área meseteña”. Si fuese así, la pieza sugeriría un grado de familiaridad con la escritura en ciertos sectores de la comunidad, aunque sea mínimo y por contacto cultural.
El propio artículo —y esto es importante— no vende certezas: plantea posibilidad, discute contexto y llama a la cautela. Esa contención le da valor. Lo otro es propaganda de titular.
Por qué el talco y el almacén importan tanto
En divulgación se suele pasar rápido por lo que, en realidad, es el corazón del argumento: la relación entre materia prima, lugar de hallazgo y redes de contacto.
- Si la fusayola es de talco procedente del entorno, refuerza la idea de producción local (no necesariamente importación de un objeto “ya escrito”).
- Si aparece en un almacén privado con semillas, carne conservada y herramientas, hablamos de economía, de excedente y de gestión: justo el tipo de escenarios donde los signos (marcas o letras) empiezan a tener utilidad práctica.
- Y si, además, el asentamiento vive una fase de complejidad creciente en II–I a. C., el signo deja de ser una rareza aislada para convertirse en síntoma: contacto cultural, jerarquía, prestigio, aprendizaje.
En resumen: aquí no se discute solo un “rayajo”, sino qué tipo de sociedad está emergiendo en La Peña del Castro al final de la Edad del Hierro.
Un apunte necesario: escribir no es “ser alfabetizado” como en el siglo XXI
Incluso si el signo fuese una letra, conviene no caer en el anacronismo: una comunidad puede conocer signos sin tener una alfabetización extendida. Puede haber:
- gente que copia símbolos por prestigio,
- mediadores culturales,
- contactos comerciales,
- o usos rituales.
El propio trabajo encuadra el hallazgo como un dato para entender la expansión de la escritura y su impacto en sociedades prerromanas, no como una “revolución” que lo cambia todo de golpe.
Fuentes:
- González Gómez de Agüero, E. (2024). Marcas incisas en una fusayola de La Peña del Castro (León), Palaeohispanica 24, 279–293.
- Un ejemplo de Tabula de hospitalidad romana: La Tabula de Castromao



