En Osijek, la antigua Mursa romana, un pozo abandonado ha devuelto una escena difícil de clasificar. Contenía los restos de al menos 43 personas, entre adultos y niños, hombres y mujeres.
La ausencia de heridas graves ha llevado a los investigadores a plantear una posibilidad: que aquellas muertes estén relacionadas con la peste de Cipriano, la gran epidemia descrita a mediados del siglo III. Aún es una hipótesis, y debe leerse como tal.
Un pozo reutilizado en una ciudad de frontera
El conjunto fue excavado en 2008 cerca de una necrópolis romana de Osijek y se ha estudiado recientemente desde la bioarqueología. Mursa ocupaba una posición estratégica en Panonia, junto a las rutas del Danubio. Los pozos que habían dejado de servir para el agua podían convertirse, en circunstancias extremas, en depósitos de muertos. El problema histórico consiste en determinar qué circunstancia explica este caso concreto.
La composición del grupo resulta decisiva. No aparecen únicamente varones jóvenes en edad de combatir, ni se han documentado lesiones traumáticas de entidad que expliquen decenas de muertes violentas. Hay señales de enfermedades no letales, como desgaste articular y problemas dentales, además de indicios aislados de tuberculosis o escorbuto. Nada de ello identifica una causa de muerte.

Por qué se ha mencionado la peste de Cipriano
Las fuentes antiguas sitúan una epidemia devastadora en torno a los años 249-262 d. C.; recibe el nombre del obispo cartaginés Cipriano, que dejó un testimonio cristiano sobre el sufrimiento de su tiempo. Sus efectos coinciden con una etapa de profunda inestabilidad política, militar y económica del Imperio. Esa crisis también afectó a las provincias danubianas y a las redes que unían el Mediterráneo con las fronteras septentrionales.
Sin embargo, la etiqueta no resuelve la investigación. Los especialistas aún discuten qué enfermedad pudo estar detrás de aquella epidemia y no existe una prueba biomolecular que la vincule con los esqueletos de este pozo. La paleopatología permite descartar explicaciones y formular escenarios; para identificar un patógeno hacen falta datos de otra naturaleza.

Dos pozos, dos historias que no deben confundirse
La comparación con otros hallazgos de Osijek ayuda a precisar el argumento. Un estudio publicado sobre siete hombres encontrados en otro pozo documentó heridas de combate y un perfil compatible con soldados vinculados al conflicto de Mursa en 260. El grupo de 43 es distinto: su distribución por edad y sexo, junto con la falta de lesiones graves, aleja de entrada esa explicación militar.
La crisis del siglo III, tratada también al estudiar la relación entre Hispania y África en época romana, fue una acumulación de guerras, problemas de gobierno y enfermedades. Ese contexto hace plausible una mortandad epidémica en Panonia; no autoriza a dar por identificada la enfermedad.

La prueba pendiente está en el ADN antiguo
El siguiente paso será el análisis de ADN antiguo y de posibles patógenos. También podrá aclarar si los fallecidos eran vecinos de Mursa o personas llegadas de otros puntos del Imperio. Hasta que existan esos resultados, el pozo de Osijek debe presentarse como un testimonio extraordinario de una mortalidad colectiva cuya causa se investiga, no como una fosa confirmada de la peste de Cipriano.
La llamada peste de Cipriano fue una gran crisis sanitaria del siglo III, pero su identificación en un enterramiento concreto exige pruebas que el registro arqueológico no siempre conserva. Las enfermedades infecciosas pueden no dejar señales inequívocas en el hueso, y los estudios de ADN antiguo o de proteínas requieren muestras bien preservadas y resultados reproducibles. La cronología del pozo, por tanto, es tan importante como el número de personas depositadas en él. La investigación de Osijek puede aportar información decisiva sobre los momentos de inestabilidad que vivieron las ciudades romanas del Danubio.
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