
Hablar hoy por hoy de fútbol en España también es hablar de historia, es hablar de identidad y, por supuesto, de memoria, porque no se trata sólo de un juego: es una expresión de todos, una expresión de cultura que ha atravesado desde dictaduras hasta transiciones y transformaciones democráticas. Desde los propios años de Franco hasta hoy, el fútbol ha sido escenario de poder, propaganda y también de resistencia.
Hoy, además de pasión y debate, el fútbol también es industria, emoción y análisis. Desde esa búsqueda de goles memorables e históricos hasta el interés por encontrar las casas de apuestas con mejores cuotas. Todo ello, reflejo de cómo el juego sigue evolucionando junto a la propia sociedad.
El fútbol bajo Franco: una pasión controlada
Cuando Francisco Franco tomó el poder tras la guerra civil en el año 1939, España quedó marcada por el silencio y también por el miedo. El nuevo régimen no sólo impuso un control sobre la política y la cultura, también sobre las emociones de todos. Franco comprendió pronto el poder que tenía el fútbol como herramienta propagandística. Los estadios se convirtieron en lugares donde las masas podían volcar esa pasión sin cuestionar al Estado, es decir, una forma de liberarse de alguna manera.

El Real Madrid Club de Fútbol fue el símbolo de orgullo de toda la nación. Los triunfos europeos de los años 50 y 60 se presentaban en la prensa como las victorias de España, y cada título de esos reforzaba el relato de un país bajo la guía de un caudillo. El régimen encontró así en el fútbol una especie de trampolín hacia el resto del mundo, un espejo de su ideal, tanto de su disciplina como de su éxito.
Pero mientras el régimen buscaba la unidad, el fútbol se ha ido convirtiendo en un espacio de pura y dura resistencia. En Cataluña, por ejemplo, el Fútbol Club Barcelona era algo mucho más que deporte, era refugio de una identidad que estaba reprimida.
Su lema Més que un club nació en esos años, cuando el uso público del catalán o las exhibiciones de la senyera estaban prohibidos. El Camp Nou se transformó en un lugar donde la gente podía sentirse… sencillamente libre. Así, en pleno autoritarismo, el fútbol cumplía un doble papel: un instrumento de poder y también un refugio de identidad.
El club como reflejo de nación fragmentada
El franquismo quiso construir una España más uniforme, pero el fútbol mostraba precisamente lo contrario, ya que las gradas de cualquier estadio revelaban las múltiples Españas que el régimen trataba de ocultar de alguna manera. Cada zona encontraba en su equipo una forma de afirmarse frente a ese centralismo.
Por ejemplo, el Athletic Club de Bilbao defendía una identidad vasca expresada en su política de jugar sólo con futbolistas locales. En Galicia, clubs como el Deportivo de La Coruña o el Celta de Vigo se hicieron una especie de símbolo de pertenencia para diferentes zonas, regiones que históricamente habían estado algo marginadas. Se trata de éxitos que no se definían contra el régimen en sí, pero en su forma de existir y de vivir ya había una especie de declaración que se oponía a esa clausura de su libertad.
El fútbol era una especie de refugio emocional y también una válvula de escape en toda regla. En los estadios el pueblo podía gritar y desahogarse, aunque la política real de ahí fuera estuviera totalmente censurada. Lo que Franco no llegó a entender del todo es que esas emociones aparentemente inofensivas estaban construyendo una identidad que, con el tiempo, reclamaba lo que a todo humano le corresponde: la libertad.

De la dictadura a la democracia: continuidad y transformación
Con la muerte de Franco en el año 1975 y el inicio de la transición, España comenzó el proceso de apertura política y también social. El fútbol, que era reflejo de la sociedad, también fue cambiando. Así, los clubes recuperaron esa autonomía, las banderas regionales volvieron a ondear de manera libre y los cánticos en catalán, euskera o gallego regresaron a cada grada.
En los años 80 y los 90, la expansión de la televisión, y también el marketing deportivo, que ya empezaba a dar sus primeros pasos, convirtieron el fútbol en un fenómeno a escala global. Se transformó en todo un negocio, en un espectáculo y, en muchos casos, en un motor económico que era capaz de impulsar naciones enteras.
Hoy hay plataformas como apuestaes.net que reflejan ese nuevo mundo donde la pasión se combina con el análisis, las estadísticas y también la probabilidad. Lo que antes fue un símbolo político, ahora también es un mercado donde millones de personas siguen cada partido con la misma emoción, aunque eso sí, en contextos muy diferentes.
El poder político del fútbol en el momento actual
En la España democrática, el fútbol ha dejado de ser un instrumento del Estado, pero el poder político sigue siendo enorme. Los clubs se han convertido en protagonistas que tienen una influencia real, capaces de condicionar hasta la simple conversación de dos vecinos en el barrio.
El fútbol de hoy en día, además de un espacio de expresión, es un espacio de expansión y renovación. Las jugadoras de la selección femenina, por ejemplo, han transformado el campo en una plataforma de reivindicación por la igualdad y el respeto. Los estadios se han llenado de pancartas contra el racismo, la homofobia, la violencia o incluso las guerras. Así que la pasión ya no se mide solo en goles, sino también en valores, valores de los de verdad.
Aun así, el proyecto del pasado sigue proyectando esa sombra. Las polémicas por himnos, símbolos o banderas demuestran que el fútbol sigue siendo una especie de extensión de las emociones políticas de toda España. Por ejemplo, cuando el público aplaude el himno nacional lo hace no solo como aficionado, sino como un ciudadano con memoria que tiene una opinión tan respetable como las demás. En este sentido, el fútbol es un espejo emocional del país. Se celebran victorias, pero también se discuten los silencios.
El balón y la memoria de un país que lo ha dado todo por el deporte
Durante los años más oscuros de la dictadura hasta hoy, donde la democracia reina, el fútbol ha sido testigo de transformaciones sociales mucho más profundas. Fue un instrumento de control bajo Franco, un espacio de liberación durante la transición y hoy es un fenómeno global que combina emoción, identidad y mucho negocio.
Aunque cuando los estadios se han modernizado y los partidos se transmiten a millones de personas de todo el mundo, la emoción sigue siendo la misma. Ese orgullo, la pertenencia o la rivalidad, así como la esperanza, se mezclan y convierten un día más en un día de plena adrenalina.