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La noche que se hundió el cimborrio de la catedral de Burgos: la obra que devolvió la luz al crucero

La madrugada del 4 de marzo de 1539, el corazón de la catedral de Burgos se vino abajo. El antiguo cimborrio de la catedral de Burgos, levantado sobre el crucero, se desplomó y abrió una herida monumental en un templo que ya era emblema de la ciudad. No fue un contratiempo de obra: dejó al cabildo ante una decisión difícil, la de reparar lo perdido o convertir aquella ruina en una empresa artística nueva.

La respuesta fue lenta, costosa y ambiciosa. Durante tres décadas, maestros, canteros y promotores trabajaron para que la luz volviera a descender sobre el crucero. El resultado no repitió sin más lo anterior: el actual cimborrio de la catedral de Burgos se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la arquitectura castellana del Renacimiento.

Cimborrio de la catedral de Burgos visto desde el exterior
Cimborrio de la catedral de Burgos visto desde el exterior, levantado tras el derrumbe de 1539. Fuente: Wikimedia Commons.

Una torre de luz sobre el crucero

Un cimborrio es la construcción elevada que se alza sobre el cruce de la nave principal y el transepto. En Burgos no era un simple remate. Desde lejos ordenaba el perfil de la ciudad; dentro del templo, concentraba la mirada de quienes avanzaban hacia el altar mayor. Su posición lo hacía hermoso y, al mismo tiempo, delicado: había de sostenerse sobre cuatro grandes pilares y resistir el empuje de bóvedas y cubiertas.

El primero se había realizado en el siglo XV, en tiempos del obispo Luis de Acuña y con la intervención de Juan de Colonia, uno de los grandes maestros que transformaron la catedral gótica. La audacia de aquella obra, que buscaba altura y transparencia, revelaba el deseo burgalés de competir con las grandes fábricas europeas. Pero sus apoyos resultaron insuficientes para un volumen tan exigente.

La documentación de la propia catedral sitúa el derrumbe entre la noche del 3 y la madrugada del 4 de marzo de 1539.

La alarma no quedó reducida a un episodio constructivo. El cabildo tuvo que asegurar el crucero, retirar los escombros y decidir qué hacer con una zona esencial para la liturgia y para la imagen pública del templo. La ruina recordaba que una catedral era una obra viva: un edificio medieval sometido a reparaciones, cambios de gusto, recursos económicos y riesgos técnicos durante siglos.

Vista interior del cimborrio de la catedral de Burgos
Vista interior de la bóveda estrellada del cimborrio de la catedral de Burgos. Fuente: Junta de Castilla y León.

Juan de Vallejo y una reconstrucción irrepetible

La solución que terminó imponiéndose nació de la colaboración de varios nombres. El diseño se relaciona con Juan de Langres, mientras que Juan de Vallejo dirigió una ejecución decisiva.

Las obras comenzaron en 1540 y se prolongaron hasta 1569. El obispo Alonso de Cartagena había muerto mucho antes; ahora el proyecto reunió al cabildo, a la ciudad, al obispo Juan Álvarez de Toledo y a Carlos V, entre otros apoyos. Reconstruir el crucero exigía dinero, prestigio y una confianza extraordinaria en los canteros.

Vallejo no devolvió una copia del cimborrio caído. Levantó una torre octogonal abierta por grandes vanos y cubierta al interior por una bóveda de nervios que forma una compleja estrella. Las tracerías y la piedra calada crean la impresión de que la estructura pesa menos de lo que realmente pesa. Esa es la gran paradoja del monumento: una fábrica masiva que parece suspendida en el aire cuando el sol atraviesa sus ventanales.

Vista de la catedral y el arco de Santa María a comienzos del siglo XIX

El cambio también cuenta una historia de época. La catedral, iniciada en el siglo XIII bajo la influencia de las grandes iglesias del norte de Francia, había sido durante siglos un organismo gótico. El nuevo cimborrio incorporó un lenguaje renovado sin romper con el edificio que lo rodeaba. Por eso no conviene mirarlo como un añadido aislado: es una respuesta del siglo XVI a un problema del XV, colocada en el centro de una iglesia que seguía acumulando memoria.

Quien alza hoy la vista desde el crucero contempla, en realidad, la huella de aquel derrumbe. La bóveda no oculta la catástrofe de 1539; la convierte en su origen. Esa capacidad de rehacerse explica parte de la fuerza de la catedral de Burgos, reconocida por la UNESCO como Patrimonio Mundial.


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Redacción

Equipo de Redacción / Notas de Prensa / Agencias
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