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Los Austrias, su mentón, y su propia opinión

Familias conocidas hay muchas, pero raro es el caso de una familia que sea conocida por un rasgo físico tan característico como la mandíbula de los Habsburgo. Por suerte, a día de hoy el proverbial prognatismo habsbúrgico está casi desaparecido. Este elemento no pasaba desapercibido a nadie, pero de lo que se habla poco es de la consideración que entre la familia había sobre esta particularidad. Carlos V, probablemente el más conocido sufridor de la mandíbula de los Habsburgo, sentía sin duda una cierta vergüenza por su particular quijada y los problemas que le causaba.

El emperador tenía serios problemas para cerrar la boca debido a su prognatismo, lo que provocaba complicaciones a la hora de masticar los alimentos que consumía, y tenía un apetito a la altura de su desmesurada lista de títulos, que normalmente ocupan media página en los documentos formales. No sólo a la hora de masticar, sino también para hablar le causaba algún problema, como explicaba el embajador Gasparo Contarini, que refería lo siguiente sobre el césar Carlos:

Tiene unos ojos ávidos, el aspecto grave pero no cruel ni severo; ninguna parte de su cuerpo puede ser tachada, excepto la barbilla y la parte inferior de la cara, que es tan ancha y larga que no parece natural a ese cuerpo, sino que parece extraña,

y sucede que no puede, cerrando la boca, unir sus dientes superiores e inferiores, sino que están separados por el espacio de un diente, por lo que al hablar, sobre todo al final de las cláusulas balbucea alguna palabra, que por esa razón no puede ser bien entendida

Esta incapacidad para cerrar bien la boca hace que habitualmente coma solo. Para Carlos comer con alguien, o tener una reunión con alguien a la hora de comer, era una forma extrema de deferencia. Uno de esos encuentros a la hora de comer lo tuvo en Bruselas con Francisco de Enzinas, que había venido a presentarle su traducción al castellano de los cuatro Evangelios. Enzinas era alguien digno de esa particular generosidad, pues su padre era riquísimo y prestamista habitual de la Corona, por valor de cien mil ducados (era, al fin y al cabo, el representante de los Fugger en Castilla). Bueno, el concepto de comer solo es un poco relativo, teniendo en cuenta la presencia de cortesanos y criados, pero no compartiría la mesa con nadie. Enzinas dice esto

El Emperador se adelantó con especial majestad, y se sentó solo a la mesa, mientras nosotros esperábamos de pie mientras él comía. La sala estaba llena de nobles, parte servía los vinos, otra traía los platos, otra retiraba los platos. Todos teníamos los ojos puestos en el Emperador mientras almorzaba.

mandibula carlos v
Retrato Carlos V Oak. 1532. Art Gallery. Berlín.

Esto de comer solo también lo menciona fray Prudencio de Sandoval, un cronista posterior al Emperador, e incluso se convirtió en una especie de etiqueta. El Emperador comía solo, pero también lo hacían los demás príncipes, que almorzaban en mesas separadas, para no tener a Carlos V almorzando sin compañía mientras los demás se reunían alrededor de la mesa para comer, charlar, y posiblemente conspirar. Esa imagen no quedaría bien:

En la mesma sala donde comía el Emperador comieron los siete príncipes electores, cada cual por sí en mesa distinta, como fue costumbre, y asentábase, en haciendo el servicio que le cabía, a la mesa imperial

Lo de comer solo no hay que entenderlo stricto sensu, pues como se ve en los textos de Enzinas y de fray Prudencio siempre había una multitud de sirvientes encargados de las viandas y los vinos, además de otros comensales en otras partes. En este caso hay que entender el comer solo en el sentido de que mientras él comía, nadie hacía tal cosa en su presencia. El césar tenía una enorme dificultad para masticar, y por tanto para comer, de tal manera que el ver a otra gente haciendo con total normalidad, sin esfuerzo, algo que para él era un suplicio le resultaba desquiciante, le hacía sentirse incapaz.

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Representación de Carlos I en la Sillería del Monasterio de San Benito el Real. Coro bajo.Valladolid (fuente: CERES)

Como decíamos antes, la mandíbula de Carlos V nunca pasaba desapercibida, pero el Emperador tenía que mostrar majestad, contención y estoicismo incluso cuando su deformidad facial era señalada en su propia cara. El bufón Francesillo de Zúñiga, en su «Crónica burlesca del emperador Carlos V«, refiere uno de estos casos cuando Carlos visitaba la localidad aragonesa de Calatayud:

El rey entró en Aragón y se dirigió a la villa de Calatayud, donde fue recibido con regocijos y fiestas. Y yendo por las calles, sin hacer caso, con la boca abierta, se le acercó un villano de l lugar y le dijo «Mi señor, cerrad la boca, que las moscas en este reino son traviesas».

El rey le dijo que le complacía, y del necio el primer consejo. Y mandó el rey dar al campesino trescientos ducados porque el hombre era pobre

Brantôme, en sus Rodomontades des espagnols, menciona otro caso en el que Carlos fue objeto de burlas. Mientras el Emperador pasaba revista a sus tropas, un soldado comenzó a gritar: «Vete al infierno, bocina fea. Llegas tarde y nosotros morimos de frío y de hambre». El Emperador se echó a reír y decidió no castigar a aquel soldado díscolo, cosa coherente con lo que Zúñiga escribió sobre Carlos en Calatayud. No es el único caso en el que se comenta la famosa mandíbula de los Habsburgo. Según el mismo Brantôme, Leonor de Habsburgo, una hermana de Carlos V hizo un día un comentario al respecto, que vale la pena traducir:

Al pasar por Dijon, de camino a la cartuja donde la reina iba a tener un retiro espiritual, visitó la tumba de sus abuelos, y tuvo el deseo de abrirla como otros reyes. Al hacerlo, exclamó:

«Ah, creía que habíamos heredado nuestra boca de la casa de Austria, pero veo que fue un legado de nuestra abuela María y de otros duques de Borgoña nuestros antepasados. Cuando vea a mi hermano el Emperador se lo diré, y si no, se lo haré saber.

El hecho de que el rasgo fuera propio de la familia no se le escapó a otros Habsburgo como el rey Felipe II de España, hijo de Carlos V, que escribió una carta en 1582 a sus hijas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia mencionando el hecho de pasada mientras comentaba sobre su hermana:

Y bien creo que holgaréis de ver a mi hermana lo que me decís y que nos solíamos parecer algo y más que en todo en lo belfo, no sé ahora lo que será

A los Austrias no se les escapaba que el rasgo del prognatismo era familiar, y al menos a uno de los miembros de la dinastía le afectaba de manera sustancial, por más señas el mayor sufridor del prognatismo, como muestran los retratos.

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