
En diciembre de 1745, un ejército jacobita llegó a Derby, a unos doscientos kilómetros de Londres. Durante unos días pareció posible que la dinastía Estuardo regresara al trono. Cuatro meses después, aquella esperanza quedó destruida en Culloden.
Las guerras jacobitas fueron una sucesión de conflictos dinásticos, religiosos y europeos iniciados tras la expulsión de Jacobo II en 1688.

Por qué se llamaron jacobitas
El nombre procede de Jacobus, la forma latina de Jacobo. Los jacobitas defendían que Jacobo II de Inglaterra —Jacobo VII en Escocia— era el rey legítimo, incluso después de perder el trono. Cuando murió en el exilio, trasladaron esa lealtad a su hijo, Jacobo Francisco Eduardo Estuardo, y posteriormente a su nieto, Carlos Eduardo, conocido como Bonnie Prince Charlie. Su objetivo era recuperar para aquella rama de la familia las coronas que consideraban suyas por derecho hereditario.
La ruptura comenzó durante el reinado de Jacobo, que había accedido al trono en 1685. Era un monarca católico en unos reinos donde predominaban las instituciones protestantes, y sus decisiones despertaron una creciente desconfianza. Intentó eliminar las restricciones que impedían a los católicos ocupar determinados cargos y utilizó sus prerrogativas para suspender leyes sin obtener el consentimiento parlamentario. Sus adversarios temían tanto un cambio religioso como una monarquía capaz de gobernar por encima del Parlamento.
La tensión aumentó cuando procesó a siete obispos anglicanos que se habían negado a ordenar la lectura de su declaración de tolerancia religiosa en las iglesias. Para sus opositores, la cuestión ya no era solamente qué religión practicaba el rey, sino hasta dónde podía llegar su autoridad. La absolución de los obispos en 1688 dejó al descubierto la pérdida de apoyos de la Corona.

Ese mismo año nació un hijo varón del rey. Hasta entonces, muchos habían confiado en que lo sucediera su hija María, que era protestante. El nacimiento de un heredero católico cambió el horizonte de la sucesión: lo que algunos toleraban como un reinado transitorio podía convertirse en una dinastía católica duradera.
Un grupo de dirigentes ingleses invitó entonces a intervenir a Guillermo de Orange, gobernante de las Provincias Unidas y esposo de María. Guillermo desembarcó con un ejército en noviembre de 1688. Jacobo sufrió deserciones entre sus mandos y perdió incluso el respaldo de sus hijas; finalmente huyó a Francia. En 1689, el nuevo orden político reconoció a Guillermo y María como soberanos. Aquellos acontecimientos pasaron a conocerse como la Revolución Gloriosa, aunque sus consecuencias provocarían guerras sangrientas en Irlanda y Escocia.
Los jacobitas rechazaron esa solución. Para ellos, la huida de Jacobo no anulaba sus derechos ni autorizaba a entregar el trono a otros. Tampoco desaparecieron inmediatamente los Estuardo de la monarquía: María y su hermana Ana pertenecían a la misma familia. Fue la rama católica la que quedó excluida, mientras la sucesión protestante terminó llevando al trono a Jorge I de Hannover en 1714.
La disputa atravesó Inglaterra, Escocia e Irlanda y se convirtió también en un asunto europeo. Francia y España respaldaron la causa jacobita en distintos momentos, con intereses que iban más allá de la lealtad dinástica: una rebelión podía obligar a Londres a desviar tropas de otros frentes. España intervino en la tentativa de 1719 y Francia proporcionó apoyo en diferentes episodios. La recuperación de un trono perdido quedó así entrelazada con las guerras y la diplomacia de las grandes potencias.
1689, 1715 y 1719
El primer gran levantamiento escocés se produjo en 1689. En Irlanda, la causa de Jacobo II terminó derrotada después de batallas como Boyne y Aughrim.
En 1715, tras la llegada de la Casa de Hannover, el conde de Mar reunió un nuevo ejército. Los jacobitas avanzaron en Escocia y también penetraron en Inglaterra, pero fueron detenidos en Preston. El movimiento se deshizo antes de consolidar sus éxitos.
En 1719 una expedición apoyada por España intentó reabrir la lucha. Las tormentas dispersaron la mayor parte de la flota y las fuerzas que desembarcaron fueron derrotadas en Glenshiel.

El levantamiento de 1745
Carlos Eduardo Estuardo, conocido como Bonnie Prince Charlie, llegó a las Hébridas en julio de 1745 y alzó su estandarte en Glenfinnan. Su ejército tomó Edimburgo y venció en Prestonpans.
La marcha hacia Inglaterra alcanzó Derby. Pero el apoyo inglés fue muy inferior al esperado, la ayuda francesa no se materializó y los mandos temieron quedar atrapados. La retirada devolvió la campaña a Escocia.
Culloden
El 16 de abril de 1746, cerca de Inverness, unos 5.000 jacobitas agotados se enfrentaron a alrededor de 9.000 soldados gubernamentales mandados por el duque de Cumberland.
La artillería y el fuego disciplinado castigaron a los atacantes. La célebre carga de las Highlands logró alcanzar algunos sectores, pero no rompió de forma general la línea. La batalla duró menos de una hora y terminó con la desintegración del ejército jacobita.
Más que una guerra romántica
La cultura posterior convirtió la causa jacobita en un relato de honor perdido, tartanes y clanes. Esa memoria no debe ocultar la política real: hubo escoceses en ambos bandos, tropas regulares, aliados europeos y comunidades divididas por religión, lealtad y oportunidad.
Tras Culloden llegó una represión dura y una política destinada a controlar las Highlands mediante carreteras, guarniciones y fortificaciones. El Estado británico no se limitó a ganar una batalla; reorganizó militarmente la región.
Las guerras jacobitas fueron el último intento serio de restaurar a los Estuardo. También fueron parte de una lucha europea por decidir quién podía gobernar, qué religión debía ocupar el centro del Estado y cómo la fuerza militar podía transformar un territorio.
Fuentes
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