1574 La Defensa de Manila

Cuando los valientes del capitán Juan de Salcedo defendieron Manila del temible pirata Li Mah Hon

El siempre controvertido suceso de los combates de Cagayán es el más conocido por la mayoría de los seguidores de las hazañas militares españolas en Filipinas en tiempo de los Austrias, pero no fue el único.

Desde que el explorador Fernando de Magallanes tomó posesión de las islas en nombre de la corona, y sobre todo a partir del primer asentamiento de 1565 en Cebú, los españoles han tenido que enfrentarse en varias ocasiones contra los piratas chinos, japoneses y filipinos que, al igual que los berberiscos en el Mediterráneo, asolaban esas aguas al acecho de las embarcaciones mercantes que las surcaban continuamente.

Mapa de la región
Mapa de la región

En el año de 1574, un pirata chino llamado Li Ma Hon comenzó sembrar el terror con sus correrías por la ruta del río Pangasinan. Este pirata –del que no he encontrado ilustraciones pero me lo imagino con cara de malo, bigotes largos, pantalones anchos de seda azul y blandiendo un temible alfanje- consiguió riquezas robando, saqueando y haciendo maldades; por ello, hallándose con una poderosa flota de cuarenta barcos y mucha gente sanguinaria y dispuesta, decidió emprender cosas mayores.

Determinó entonces tomar las islas Filipinas y expulsar de ellas a los españoles, que eran poco numerosos. Envió una avanzadilla de cuatrocientos hombres a reconocer el estado de las defensas de Manila, plaza principal de la región, para decidir la mejor manera de conquistarla.
Amparados por la oscuridad, los piratas desembarcaron en la ensenada de la ciudad llegaron a la casa del maestre de campo Martín de Goyti, que era la primera por aquella parte, y le pegaron fuego, matándole a él y a todos los que allí se hallaban.

«¡Arma! ¡Que vienen los enemigos!» corrieron las voces por todo el lugar al ver el incendio. Salieron algunos soldados a la playa y arremetieron contra los chinos, que ya pregonaban su victoria. Tras una breve escaramuza, los piratas huyeron, volviendo a donde se encontraba el grueso de su flota.

Ilustración de piratas que surcaban las aguas del sol naciente
Ilustración de piratas que surcaban las aguas del sol naciente

A la vista de tal suceso, el gobernador de Manila, don Guido de Labadares, ordenó construir zanjas y revellines de tierra para defender la plaza del asalto que estaba seguro se produciría, pues las velas de los navíos piratas seguían a la vista en el horizonte.

Esa noche llegó a Manila el capitán Juan de Salcedo, un veterano militar que estaba al mando de una compañía de cincuenta y cuatro soldados viejos, de ésos con morrión bruñido, barba cerrada y arcabuz al hombro. Venían dispuestos a defender la plaza hasta el final, alegando que no era posible desamparar la ciudad sin descrédito de su honra y la de su bandera. Así, con la llegada del capitán Salcedo se cobraron todos ánimo y esperanza, y se aprestaron para el combate.

El ataque llegó al amanecer. Li Ma Hon desembarcó a sus hombres –unos setecientos piratas entre marineros, mercenarios, tránsfugas, etc…- y comenzaron a quemar y saquear la ciudad sin estorbo, pues, por orden del gobernador, la gente se había recogido al fuerte.

Finalmente, alumbrados por la luz roja del fuego, los piratas se abalanzaron sobre las defensas del fuerte. Pensaban que lo tomarían pronto, pero como siempre ocurre cuando los españoles están acorralados y son inferiores en número, se batieron a la desesperada con tanto denuedo, entre cañonazos, mosquetazos, estocadas y golpes de pica, que los piratas, al percatarse de que no conseguirían tomar la plaza sin pagar un precio muy alto, decidieron dar media vuelta y retirarse. Salcedo y su tropa, todos cubiertos de sangre propia y ajena, alzaron un grito de victoria. Manila se había salvado.

Manila en el siglo XVI. Por Theodorus Bry
Manila en el siglo XVI. Por Theodorus Bry

En recompensa por su participación en la defensa, le concedieron al capitán Salcedo el título de maestre de campo, el cual había quedado vacante tras la muerte de Martín de Goyti (recordemos el primer ataque de los piratas) y lo pusieron al mando de una compañía de doscientos cincuenta hombres.

Un año después, seguían llegando a Manila noticias de la actividad de Li Ma Hon, quien seguía apresando barcos, gente y bastimentos. Salcedo, práctico como buen soldado viejo que era, decidió que para atajar el problema había que cortar la cabeza de la serpiente, así que organizó una flota y partió hacia la isla de Tonzuacaoticán, a cuarenta leguas de tierra firme, donde se decía que los piratas tenían su refugio.
Los españoles, ayudados por un millar de nativos, bloquearon la boca del río encadenando sus embarcaciones unas con otras, desembarcaron y rodearon a pie la isla, hasta que encontraron en ella un fuerte al cual pusieron sitio. Tras varios ataques, cuando al fin pudieron tomarlo, se enteraron de que Li Ma Hon se las había ingeniado para construir una pequeña embarcación y escapar al amparo de la oscuridad.

Aunque lo buscó con tesón, Juan de Salcedo nunca fue capaz de encontrarlo. Hay varias teorías de cuál fue el destino del pirata, pero las andanzas de sus últimos días están rodeadas de misterio.

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Héctor J. Castro

Nacido en Ferrol, profesor de lengua inglesa y novelista. Su pasión por la Historia lo ha llevado también al modelismo de escenas bélicas, en el que ha conseguido varios premios de pintura y escenografía. En 2016 publicó el primer volumen de su trilogía El Siglo de Acero.

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