La maldición de Tutankhamon

Howard Carter y su compañero lord Carnarvon no sabían a qué se enfrentaban cuando alteraron el sueño eterno del faraón Tutankhamón. Con su interrupción, desplegaron la maldición del faraón, que según cuentan las leyendas, mata a todo aquel que lo moleste.

Tumba de Tut Ankh Amon

Todo comenzó allí mismo, con unos sucesos bastante extraños recogidos en relatos orales del equipo de Howard Carter…

Tras salir el último de los hombres que había accedido a la tumba, se levantó una gran tormenta de arena, que parecía tener su epicentro en la entrada de la cueva. Seguidamente, un halcón, símbolo de la civilización egipcia y representante de Horus, sobrevoló la tumba en dirección al oeste, hacia la tierra de los “bienaventurados difuntos”. Aquel animal, confiando en las leyendas, era el faraón, que maldecía en su vuelo a todos aquellos que habían interrumpido su descanso.

Howard Carter y Lord Carnarvon

Y desde ese momento de noviembre de 1922 la maldición empezó a cobrarse sus primeras víctimas. La primera, el canario de Carter, una pequeña ave que éste llevaba consigo a todas partes y que fue devorada delante de sus narices por una cobra ¿Alegoría, quizás, de la diosa Uadyet, protectora del faraón?

Es curioso, se podría creer que el siguiente en caer debería haber sido Carter, líder de esta expedición, pero él era un escéptico empedernido, quizás por ello la maldición nunca le afectó. Murió por causas naturales en 1939.

Lord Carnarvon leyendo en casa de Howard Carter en Egipto

Lord Carnarvon sí que murió por extrañas circunstancias: le picó un mosquito en la mejilla izquierda, la picadura se infectó y le causó septicemia y, debilitado por todo lo anterior, le atacó una neumonía que le mataría en un hotel de El Cairo.

Cinco de abril de 1923. Dos menos cinco de la madrugada. En ese mismo instante muere Carnarvon y se apagan todas las luces de la ciudad. A miles de kilómetros de distancia, en su mansión de Hampshire en Inglaterra, la perra de Carnarvon, Susie, aulló fuertemente y cayó muerta.

Quizás lo más extraño de todo sea la ubicación de la picadura, que coincide con una pequeña hendidura o cicatriz que posee el mismo faraón, Tutankhamón, en la mejilla izquierda (todo esto relatado por la prensa, que también cayó bajo el influjo de la maldición, o de la prensa rosa).

Cuatro muertes siguieron a la de lord Carnarvon. Douglas Reid, el radiógrafo de Tutankhamón murió muy poco después de radiografiar la momia, en extrañas circunstancias. El secretario de Carter, Richard Bethell, murió ‘de golpe’, una noche se despidió como de costumbre y nunca más amaneció para él. Su mujer se suicidó. El padre de Richard, Lord Westbury, que tenía una pequeña colección de antigüedades egipcias se arrojó al vacío desde un séptimo piso en Londres, donde conservaba un jarrón de alabastro perteneciente a la tumba de Tutankhamón. El día de su entierro, el carruaje fúnebre que lo transportaba arrolla a un niño.

Y un amigo de Carter, el egiptólogo francés del Louvre George Benedite que estudió la tumba, murió de un ataque cerebral al volver de El Cairo. También murió en la ciudad el que dio el último golpe para que cayera el muro de acceso a la cámara real, Arthur Mace, conservador de arte egipcio del Museo Metropolitano de Nueva York y fiel amigo de Carter, del que se desconoce el porqué de su fallecimiento.

Pero todo esto no había hecho más que comenzar, según los expertos en la maldición, todos aquellos que habían entrado en la tumba iban a morir. El siguiente fue el hermanastro de Carnarvon, Aubrey Herbert, que murió de penitonitis según unas fuentes, de un infarto según otras y de un suicidio causado por la locura, según la prensa inglesa.

Otro de los visitantes de la tumba, Alí Farmy Bey, un príncipe egipcio que decía descender de los faraones, fue asesinado en un Londres (dicen que a manos de su esposa) y su hermano se suicidó poco después. Trágico final para la estirpe faraónica provocado por la maldición de uno de sus ancestros.

Un empresario estadounidense dedicado a los ferrocarriles, George Jay Gould, también visitó la tumba y el aire ralo de la misma le provocó un gran catarro. Murió poco después a causa de esta enfermedad; pensemos que en la época no existían la penicilina ni los antigripales, se les suministraba suero a los enfermos. También tuvo el honor de visitar la sepultura del faraón, Woolf Joel, un millonario sudafricano, que murió de una caída.

Lord Carnravon, su hija Evelyn Herbert, el egiptólogo Howard Carter y el arqueólogo Arthur Callender..

No había pasado una década y la prensa inglesa ya otorgaba casi 30 muertes a la maldición del faraón. Más una docena de personas más que habían muerto de forma natural o accidental, todos ellos habían accedido a la tumba —ya fuese de misión arqueológica o para admirar las maravillas del antigua Egipto.

Trompetas halladas en la tumba del faraón.

Y no queda aquí, en 1939, una emisora de El Cairo pretendió festejar el año nuevo musulmán con instrumentos hallados en la tumba. El vehículo que las llevaba hasta la sede de la radio volcó y cayó por un barranco y su conductor murió en el acto. En la radio, la luz se fue en varias ocasiones y grabaron el sonido de las trompetas con velas.

Traslado de un busto de Tutankhamón. 1922.

Mucho tiempo después, en 1966, la maldición siguió haciendo de las suyas. Mohamed Ibrahim, directo de Antigüedades de el museo de El Cairo, debe viajar a París con algunas de las reliquias encontradas. Días antes, sueña que las pertenencias de Tutankhamón no deben viajar y se empeña en convencer a su equipo de que las piezas no se muevan del museo. Finalmente, claudica y firma un documento en el que se aprueba el traslado. Sale del museo y lo atropella un coche. Muere en el acto.

El sucesor de Ibrahim, Gamal ed-Din Mehrez, afirma que él no tiene miedo de la maldición como su antecesor y que él está dispuesto a ir con las reliquias dónde haga falta. Muere la noche siguiente al embalaje de las piezas.

Mueble 275 cuando aún quedan en el interior las dos figuras que muestran a Tutankhamón sobre una barca y armado con un arpón.

Podría seguir relatándoles muchas más muertes que se le otorgan al faraón, como la de los pilotos que transportaron el tesoro a Londres o a París, el dramaturgo Louis K. Siggnis que murió tras escribir la que se considera la primera obra sobre la maldición de Tutankamón o los asistentes a la autopsia de la momia. Pero si continuamos, esto sería una esquela más que una cadena de desdichadas muertes que tuvieron lugar a partir de uno de los mayores hallazgos arqueológicos de la historia.

Y  aunque no lo crean, la maldición sigue activa — o eso me ha parecido a mi— que tras varios días escribiendo sobre el magnífico Tut Ankh Amon, me han ido sucediendo una serie de pequeños contratiempos dignos de ser adscritos a esta leyenda.

 


Fuentes

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Carmen S. Cantos

Periodista con tinta en las venas. Criada entre almendros y olivos, amante de lo cosmopolita, viviendo en el desierto modernista.

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