Algunos náufragos ilustres (I)

Allá, cuando sopla el viento de tramontana, no hay salvación. Y es que en la región del Alt Empordà se dice que cuando se desata, este aire trae malestar y, en el extremo, la locura. Su fuerza ha esculpido con tesón las rocas del cabo de Creus: el punto más oriental de la Península Ibérica. O, como decía Salvador Dalí, se trata de un lugar místico, porque es el primero que recibe los rayos solares cada mañana a este lado del Mare Nostrum.

“Subir al Cap de Creus con tramontana es toda una experiencia”– nos dijeron en Cadaqués. Y vaya que si lo es… el diablo en persona sopla, azotando con toda la furia del Averno la robusta mole de piedra.

Al Cabo de Creus se va por tierra a través una pequeña carreterita que bordea los acantilados. Mientras que estos acantilados se hunden hacia abajo en dirección a las profundidades del Mediterráneo, por la otra parte, se elevan hasta el cielo como queriendo rasgar los jirones de nubes que vuelan a toda velocidad empujadas por la ventolera. Su altura es considerable: una ruta no apta para personas que sufren con la sensación de vértigo.

También se puede ir por mar bordeando la sucesión de calas a las cuales, por cierto, sólo se accede de este modo, desembarcando en cada una de sus orillas.

Imagino que la excitación de convertirse en piratas (acaso como los de la poesía de Larra) empujó a Salvador y a Federico a escoger la segunda opción. Y en una embarcación de esas que duermen cada noche cerca de la playa de Cadaqués se embarcaron rumbo al Cap de Creus, para admirar su altura desde abajo.

Con este viento el naufragio está asegurado. Porque se puede naufragar en alta mar, cerca de la costa, y también en tierra… en un sentido figurado, claro. En rigor, se naufraga en una “nao” o en una “nave” marítima. Pero el verbo latino “fragium” amplía el campo a cualquier tipo de fragilidad o desgracia; también al “fragor” que la misma palabra parece incorporar, evocando de algún modo el alboroto infernal de las olas bramando contra el rompiente. El mar todo lo da, pero también lo arrebata. Quién sabe si es por ello que la melancolía nos embarga cada vez que miramos al inmenso horizonte azul; quién sabe si un inconsciente colectivo suspira por lo mucho que el océano se llevó durante el discurrir de los siglos. Sólo el mar permanece.

Me he puesto un poco grave, lo reconozco, y no hay justificación alguna porque la singladura capitaneada por Dalí es una celebración vitalista, un grito de libertad contra la furia de los elementos desatados a través del viento y del mar. El poeta está deslumbrado, no sé si por la revelación del genio de su amigo –tan tímido y callado en los años de estudiante en Madrid, cuando apenas se atrevía a mostrarse en público– o por el espectáculo natural que se despliega ante sus ojos. Sin embargo, al doblar la punta des Bous Marí, la cosa se complica. La visión de Port Lligat no logra calmar la ansiedad del granadino, un hombre de tierra firme e interior, quien tardaría en olvidar la aventura. Transcurrido un tiempo escribió a Anna Maria Dalí una carta en la que recordaba con una mezcla de espanto y de excitación “aquel verdadero conato de naufragio que tuvimos en Cap de Creus”.

Los naufragios, aunque este sólo fuera un conato, siempre llevan a lugares nuevos y desconocidos. El náufrago regresa a un estado primitivo en medio de una naturaleza bárbara que le obliga a reconocerse a sí mismo como un punto diminuto en el universo. Por suerte, los burguesitos de principios del siglo XX iban bien preparados hasta para esto, y el picnic que compartieron en la platja de Tudela hizo de aquel fantasmagórico paraje de rocas suspendidas en el aire un lugar habitable. Salvador lo convirtió de hecho en su hogar interior, y por eso quizás en algunas de sus pinturas las formas recuerdan al capricho de la naturaleza en esta cala de la Costa Brava.

Pasaron los años. Dalí albergó en una profunda región de su subconsciente un miedo irracional a la furia del mar. En cierto modo la voluptuosidad Lorca le sobrepasaba: el recuerdo de su amigo poeta supuso sin duda un naufragio memorable al final de su juventud, uno de esos naufragios metafóricos que también se pueden vivir estando con los pies firmes en la tierra.

Es curioso que cuando años más tarde Dalí hizo el primer viaje transatlántico a Estados Unidos acompañado por Gala y por Caresse Crosby, todos los días era presa de un pánico atroz. La idea de que el buque pudiera naufragar le obsesionaba, hasta tal punto de que Gala, cada vez que volvía de dar un paseo por la cubierta, del restaurante o del tocador, encontraba a Salvador tendido sobre la cama, leyendo… y dentro del flotador salvavidas. “Bebía champán constantemente” –explicaba el propio Dalí– “para infundirme valor y evitar el mareo”*. En ese mareo, ¡qué delirio!, el temor sólo lo superó la conciencia de que el ser humano es como un barco, y que éste sólo planta cara al oleaje cuando despliega todas sus velas para desprenderse de todo aquello que lo pueda retener:

“Un barco de vela, un bergantín, parece que tenga los movimientos libres y si se observa en realidad, es un sistema de ataduras. Las ágatas con sus formas libres y caprichosas, en realidad son los derniers (últimos) gritos agónicos de un sistema coloidal entre dos sistemas calcáreos. Es como un grito de agonía”**

‘El hombre fantasma o el hombre barco’ (1981)

Lorquito lo fue superando mucho más aprisa; y aunque volvió a Cadaqués “con una careta de sal marina”***, esas imágenes vendrían luego en su ayuda cuando presa de una grave depresión –otro tipo de naufragio– decidió acompañar a Fernando de los Ríos en un viaje a Nueva York. Sí, las imágenes y los recuerdos lo reconfortaron hasta convertirse en poesía:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.****

La poesía lorquiana es un completo exceso. Porque si el despliegue de la naturaleza en el combate arcano que mantiene con el viento de tramontana en la platja de Tudela es excesivo, la vida también también lo es, también es excesiva. Vivir ese exceso, prodigio de la experiencia, sólo puede llegar a lograrse, eso sí, cuando todo se pierde después de un naufragio. Sólo quien nada tiene, porque todo lo ha perdido, está en condiciones de abrazar una maravilla tal que jamás se habrá de olvidar.

Sólo los náufragos ilustres conocen este secreto que la Costa Brava esconde en el fondo del mar; encerrado en una perla que gesta durante sus sueños toda esa vida que nos rodea.

Notas:

* En A la conquista de lo irracional, p. 173.

** Una de las últimas entrevistas concedidas por Salvador a El País, publicada el 24 de febrero de 1985.

*** Carta de Federico García Lorca a sus padres.

**** De Poeta en Nueva York.

Fuentes:

  • “Con Dalí, en el fondo del mar”. El País, 24 de febrero de 1985.
  • García Lorca, Federico (2015). Poeta en Nueva York. Barcelona: Austral.
  • Gibson, Ian (2004). Dalí joven. Dalí genial. Madrid: Aguilar.
  • Pérez Andújar, Javier (2003). Salvador Dalí. A la conquista de lo irracional. Madrid: Algaba Ediciones.

*(El año indicado corresponde al de la edición consultada, no al de la primera publicación).

 

 

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Manuel Broullón

"Flâneur" a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

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