[FINAL] Las dos vidas de un chapiri (IV y V)

Capítulo (III)

Soldados de patrulla en Ifni. ABC.

Capítulo IV

En medio de la caminata escuchamos los primeros tiros, los compañeros que iban en primera línea estaban siendo atacado por el dichoso “Ejército de Liberación”, que apostado en las oquedades y trincheras naturales del terreno, se hallaban ocultos en pos de realizarnos la emboscada, que dicho sea de paso, comenzaba hacer mella en nuestra guarnición.

Sáhara Español en los 50

Muchas veces había oído en el Tercio de Melilla que uno no era realmente caballero legionario hasta que no sentías silbar las balas y en este momento, llegando a Edchera, supe que tenían razón. Los gritos, tanto de lamento como de rabia, las irrefrenables órdenes de los mandos y ese elegante silbar de los proyectiles me devolvieron a la realidad y tuve que aprender allí mismo, en ese momento, lo que significaba primera línea, vanguardia, cuerpo a cuerpo; o lo que es igual, ser un legionario.

37 fueron los legionarios caídos en Edchera, más 50 heridos.

No me llegaban noticias de lo que ocurría a pocos kilómetros por delante de nosotros, solo teníamos oídos para las directrices de nuestro comandante, que comenzaba a tener la voz tocada, no sé si de furia por ser espectador de tan cruenta escena o de chillar más alto que el eco de la artillería. Luego supe que tuvimos que hacer numerosas maniobras, de avance y repliegue, para conseguir la victoria militar y que en ella cayeron 37 compañeros y fuimos 50 heridos, pocos para la sangría que presencié.

Soldados en la playa de Ifni

Recuerdo este episodio a saltos: el rostro desfigurado de mi superior al decirme que acababa de caer el Capitán Mora Jiménez y todos sus hombres al tratar de impedir que los moros se replegaran en el cauce del río Tafudart; veo también, en la lejanía, a la 5ª Compañía recibiendo el fuego enemigo, siendo rodeados y acribillados casi a quema ropa; y a Rodriguez, saltando como una cabra montes —de aquellas que nosotros conocíamos de la cancha de la Víbora— dando indicaciones a sus hombres sobre un espolón que se adentraba en el río, y cayendo, como un inerte saco terrero, tras adelantarse para intentar terminar lo que Mora Jiménez no había conseguido; y mi tajo en el pecho, que no sé si me lo hice de un ‘barrigazo’ o me rozó cualquier metralla, pero no me llevaron a curas hasta que no me di bien con agua y comprobaron que aquello no dejaba de sangrar.

Soldados en Ifni

Nosotros seguimos avanzando mientras caía la tarde, teníamos que cubrir los puestos que los demás abandonaban por razones de peso y no podíamos dejar que aquel enfrentamiento nos trajese la desgracia. Como comprenderán, a esta altura del día, yo ya sabía que no íbamos de reconocimiento, nos habían llevado al enfrentamiento, como se llevan cerdos a un matadero.

Los moros parecían menguados y desanimados, y comenzaron la retirada. La noche les sirvió de amparo para desarmar a sus muertos, tomar la poca munición que guardaran y marcharse a dormir. Nosotros hicimos acopio de ello, marchamos al cuartel a quitarnos el sudor, el polvo y la desgana de volver a enfrentarnos al “Ejército de Liberación”.

Créanme si les digo que soy un novio de la muerte, pero que fui infiel, siendo amante de la vida aquella tarde, en la que perdimos a muchos de los nuestros y vimos desperdigados cuerpos humanos con olor a sangre y heces.

Poco después de este episodio regresé a Ceuta, me licencié con honores que desprecié—aquellos que habían caído merecían mucho más que yo—, y marché a Málaga sin pena ni gloria. Guardé mi chapiri manchado de sangre en el baúl de los pies de mi cama, y lié mi traje, con todos sus avíos, en una sábana para dejarlo en el altillo. Ser Caballero Legionario, así con mayúsculas, no estaba en aquella ropa, es algo que llevé puesto hasta el fin de mis días.

Chapiri legionario actual. Foto tomada por la autora del relato.

***

Capítulo V

Dos objetos heredé del abuelo Lolo: su reloj —era como si me regalara todo el tiempo que él ya no iba a vivir— y el chapiri, aquel que con tanto recelo escondía en el baúl a los pies de su cama. Chapiri que hoy llevo y que me prestó todos las tardes que me contaba la batalla de Edchera, en la que murió su amigo Juan Rodríguez y en la que escuchó silbar las balas.

Imagen de Jorge Zapata, Agencia EFE.

Fuera pensamientos. La orden está dada, paso firme, chapiri al brazo. Ni siquiera recuerdo los movimientos que tengo que hacer, solo sé que tengo que besar la bandera, que eso sellará mi pacto con la patria, mi pacto con la muerte.

  • ¡Descansen, armas!

Ya resuenan los primeros golpes de la banda de guerra. Comenzamos a desfilar para el beso. Me parece que lo veo allí sentado, con su chapiri ladeado, su media sonrisa tintineante, y su mirada perdida en el recuerdo legionario, desde aquellos que lo salvaron hasta los que él no pudo salvar. Una lágrima recorre mi rostro, que al igual que el sudor, para en el barboquejo; solo espero que nadie la vea, que todos crean que una gota más en un mar de sal.

Pocos metros me separan ya de mi más ansiado sueño y de la más pura realidad, ahora sellaré el honor que me trajo aquí y terminaré aquello que el abuelo no pudo hacer. Sigo firme, casi autómata, giro la cabeza y la beso.

Tercio Gran Capitán Melilla. 20 de septiembre de 2016. Carmen S. Cantos.

FIN

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Carmen S. Cantos

Periodista con tinta en las venas. Criada entre almendros y olivos, amante de lo cosmopolita, viviendo en el desierto modernista.

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