El cautivo de Argel

Cuántas naves deben de estar hundidas en el fondo marino, ante la Costa Brava. Durante los anocheceres en que sopla el temible viento de Tramontana, la cantidad de rocas que emerge intermitentemente de entre el fragor de las olas, me invita a imaginar cómo hasta el más imponente buque de guerra no deja de ser nada más que un cascarón de nuez en medio del Mediterráneo.

Todas las fotografías han sido tomadas por el autor en Cadaqués y Cabo de Creus.

Un juguete de los azares, quienes son los hijos caprichosos de Fortuna.

Homero cuenta en La Odisea cómo Ulises tardó diez años en regresar de la guerra de Troya hasta su hogar. Según el poeta, su infortunado errar por los mares no fue consecuencia de la casualidad, sino de la soberbia con la que el victorioso rey de Ítaca desafió al poder del Olimpo. El dios Poseidón, irritado por aquel alarde de orgullo de un simple mortal, condenó al héroe a vagar por sus reinos oceánicos, enfrentándose a toda clase de criaturas, hechiceras y obligándolo a descender hasta el mismísimo infierno.

No deja de ser curioso constatar cómo después de Homero todas las historias que podemos contar se repiten con la cadencia armoniosa un mismo tema con variación. Así es que el del infierno con el mar resulta ser un binomio que en más que frecuentes ocasiones vuelve a ir de la mano. Lo que el mar da, el mar también lo quita. El mare nostrum se vuelve entonces tan ajeno como esa altiva voluntad olímpica que actúa según su propio arbitrio.

La merced real quiso que un soldado castellano de apenas 28 años se embarcara en Nápoles el día 7 de septiembre de 1575, con rumbo a las costas del reino de Aragón. Iba este muchacho provisto con importantes cartas de recomendación en las que don Juan de Austria encomendaba a aquellos militares a su hermano, el soberano de un imperio que era famoso porque en él “nunca se ponía el sol”, solicitando recompensa para con su encomiable valor en la batalla de Lepanto contra el Gran Turco.

La vida es como una jornada solar: amanecer espontáneo, mediodía alcanzado en un difícil transitar y ocaso irremisible. Y aquella jornada, como todas, tendía ya hacia su final como todas las cosas de este mundo. “Sol” era de hecho el nombre de la galera, el poderoso buque de guerra en el que viajaba aquel odiseico héroe: su mano izquierda, rígida y fría como la piedra de Guadarrama, consecuencia de la cicatriz del plomo de un arcabuzazo a la altura de la muñeca, así lo atestaba. Miguel de Cervantes Saavedra, pues así se llamaba este muchacho, no fue jamás manco como quiere la tradición, a pesar de la noble bregadura que se trajo de Oriente convirtiendo a su cuerpo en blasón y documento de los hechos en que la antojadiza Fortuna decidió involucrarlo.

La tullida soldadesca ya avistaba desde la cubierta, a ojos vista, los escarpados riscos de la Costa Brava. Ante ellos, el templo-fortaleza de Cadaqués pugnaba por elevarse entre el roquedo. Un poco más allá, un remanso de paz en la bahía de Roses, cuyas anchas playas prometían un plácido final para este largo viaje. Pero como la nave de Ulises, que cada vez que avistaba Ítaca recibía el revés de las olas arrebatándole al héroe el desahogo del hogar, la galera Sol fue repentinamente abordada.

Ningún dios del Olimpo, tampoco el dios omnipotente de su católica majestad, fue el responsable de aquel incidente: al final del día 26 de septiembre el mar embravecido jugaba con la abandonada galera ante la Costa Brava como un niño con un trozo de algodón. ¿Qué fue de sus tripulantes? Objetivo de una ágil flotilla de bereberes, los soldados castellanos fueron presa fácil para los corsarios. La voluntad secular de un ser de carne y hueso, la del albanés Mami Arnaute, provocó un giro inesperado en aquel viaje de retorno, levantando de nuevo el sol para retrasar el final de la jornada.

Aquel naufragio no podía ser natural, pues el egoísmo del hombre contra su prójimo era en el siglo XVI mucho más poderoso que las extintas voluntades de los dioses del Olimpo. Es éste, pues, un naufragio metafórico: algo moría bajo los acantilados de la Costa Brava… y eso era mucho más que madera, metal y lona. Si bien toda embarcación hundida esconde un rico tesoro de brillantes y piedras preciosas, quiso la poderosa Tiqué que aquel botín no pereciera, sino que viajara lejos, muy lejos, hasta Argelia, en donde las exiguas glorias de la guerra se extinguieron para proporcionar con creces mayores riquezas que las de todas las vanidades que el mundo terrenal pudiera conceder a cualquier ser viviente.

Argel en 1541. Fuente: ‘La vida heroica de Miguel de Cervantes’.

Afirman las fuentes históricas que tal era la agilidad de aquellas flotillas de piratas que al día siguiente los prisioneros ya estaban en Argel a disposición del griego infiel Dalí Mami. Los captores encontraron las cartas, efímero botín, que llevaba consigo el soldado Cervantes. Supusieron entonces que portando epístolas del hermano del rey y del duque de Sessa debía de tratarse de una personalidad muy importante en la corte. No se hable más: quinientos escudos de oro a cambio de la vida y la libertad del castellano.

Se dice que en una grutilla africana deliraba la fantasía soldadesca sumida en constantes conspiraciones y planes de fuga. Pero la realidad es tozuda, los años pasaban y la llama de la vida militar empezaba a extinguirse. Los sueños daban la espalda a los soñadores, definitivamente. Por otra parte, lejos de la realidad está la imagen del preso encadenado en las profundidades de una cárcel húmeda, pues los arrestados se pasaban la mayor parte del día deambulando por las calles de aquella sensual ciudad franca del norte de África, una urbe rebosante de vida en la que las lenguas y las culturas mediterráneas se mezclaban en los zocos como las especias en los negocios del mercado. Prueba de este relativo cautiverio es que los soldados castellanos planificaron con celo cada detalle de su evasión, hasta en cinco ocasiones, trabando tratos con mercaderes y marineros: “pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella“, escribiría más tarde Cervantes.*

En estas idas y venidas, el soldado Miguel inventó una novelilla en tres capítulos: la de Los baños de Argel o Los tratos de Argel, delicioso artefacto hijo del ingenio en la que uno de los cautivos se promete en matrimonio con una mora fugitiva que quiere conocer a la Virgen María, a la que llama Lela Marién; también se habla en ella de un soldado Saavedra que en buenas relaciones andaba con la afamada crueldad de su captor, de cuya ira era la única excepción al parecer, convirtiéndose en leyenda:

“Sólo libró bien con él un soldado llamado Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora lo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entretenernos y admirarnos harto más que con el cuento de mi historia.”**

El personaje del cautivo recuerda incluso unos sombríos sonetos, inventados durante este presidio para dar cuenta de una experiencia:

Almas dichosas que del mortal velo

libres y esentas, por el bien que obrastes,

desde la baja tierra os levantastes

a lo más alto del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,

de los cuerpos la fuerza ejercitastes,

que en propia y sangre ajena colorastes

el mar vecino y arenoso suelo.

Primero que el valor faltó la vida

en los cansados brazos que, muriendo,

con ser vencidos, llevan la vitoria;

y esta vuestra merced triste caída

entre el muro y el hierro os va adquiriendo

fama que el mundo os da y el cielo gloria.***

La merced de unos frailes que hacíanse llamar trinitarios llevó el rescate a los captores en 1580, trayendo de vuelta a un espíritu taciturno, como la de este soneto que incluye en su novelilla; pero aun no derrotado. En la jornada que le restaba todavía por afrontar deambuló sin Ítaca por acá y allá; y hasta pasaría por la corte de Felipe II tratando de reflotar su patriotismo naufragado en Cadaqués. No obstante del tesón, Fortuna fue testaruda, y al igual que con Ulises, lo hizo descender hasta los mismísimos reinos de Hades y Perséfone, cuya entrada no se encontraba en Hierápolis (hoy en día la turca ciudad de Pamukkale en la península Anatolia****), como se creía, sino en pleno centro de Sevilla, en la cárcel real, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”*****.

Sevilla en el siglo XVI. Grabado de Hendrick Focken.

Hoy en día y a mis ojos, no deja de ser irónico que en en la imaginación de los castellanos del siglo XVI la boca del infierno se hubiera trasladado desde los reinos del Gran Turco en la región del Asia Menor, hasta el corazón de la muy católica urbe hispalense, zafiro de la devoción mariana, paradigma de la penitencia, espectáculo portentoso de la fidelidad más ciega y delirante a la Roma contrarreformista. Fue aquel encierro para Cervantes todo lo contrario del profano cautiverio en Argel, tan repleto de aventuras y atracciones sensuales a pesar de todo, material tan novelable desde luego. Allí, en la infernal Sevilla sin embargo, según quiere la tradición, la mano diestra del complutense alcalaíno decidió colocar la novelilla de Los baños de Argel, dentro de otra obra tanto más grande como taciturna y controvertida con respecto a las luminosas páginas de procedencia africana: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, dentro de la cual la del cautivo supone los capítulos XXXIX, XL y XLI de la primera entrega. Escribe Miguel de Cervantes en el prólogo de la que estaría llamada a convertirse en su obra magna:

“Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir el orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginado de otro alguno, bien como se engendró en una cárcel […]?”

Allí aprendió el tullido de la siniestra a “tener paciencia en las adversidades”, y, sobre todo, a entrenar más la pluma que la espada. Allí murió el soldado; pero allí también surgió el espíritu controvertido que ironizaba e inventaba a placer. Allí surgió una fantasía sombría, tendente a la exageración desmedida y un tanto celosa de los ingenios del ave fénix de la comedia y del soneto, que tras una vida licenciosa tan distinta de la suya, trató de comprar la salvación eterna de su alma tomando los hábitos religiosos. Miguel no llegó a ser Félix Lope de Vega, por mucho que se esforzara en serlo.

Cervantes no era tampoco, precisamente, un cúmulo de virtudes. Si él se definía a sí mismo como “escritor alegre y regocijo de las Musas”, algún que otro envidioso Avellaneda, acusaba un carácter “más viejo que el castillo de San Cervantes y tan mal acondicionado, que todo y todos le enfadan”. No siendo este Avellaneda un escritor mediocre, ni mucho menos, sí es cierto que el robo del botín traído con celo desde Cadaqués hasta la corte del duque de Béjar, pasando por Argel, bien podía despertar la ira de cualquier caballero celoso de su oficio y beneficio, incluso cuando la noción de autor y mucho menos sus derechos económicos o legales eran algo del todo desconocido, jamás pensado, desde luego, por mente alguna en aquellos años.

Pero esa, es ya otra historia… de la que voces más autorizadas que la mía, un anónimo viajero a orillas del Mar Mediterráneo imaginando barcos hundidos, podrán dar habida cuenta, en otro momento, en otros lugares. Ahora en cambio cae el sol, y mientras termina mi jornada entierro tesoros en la playa con el deseo –tal vez demasiado loco– de que tras un largo cautiverio, tal vez, algún día…

Notas:

* De la edición crítica de El Quijote de Alberto Blecua, p. 25.
** El Quijote, capítulo XL, primera parte: “Donde prosigue la historia del cautivo”.
*** Acaso pudieran haber sido estos versos inventados por el propio Cervantes; o quizás, el personaje de la novela al que se le atribuyen, don Pedro, hermano del narrador, habría sido un histórico Pedro de Aguilar, según Blecua, del que nada sabemos actualmente, p. 509.
**** La revista National Geographic se ha congratulado por el descubrimiento de –otra más– de las bocas del infierno, que se suma a las ya paradas turísticas de Sicilia, Nápoles, la cueva de Los Gemelos en Israel o la versión maya de tierras nicaragüenses.
***** Del prólogo de Miguel de Carvantes a la primera parte de El Quijote.

Fuentes:

(los años indicados se corresponden con los de las ediciones consultadas, a fin de facilitar rápidamente al lector interesado el acceso a dichas referencias)

  • Blecua, Alberto (2011). “Estudio preliminar”, en Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha. Madrid: Espasa.
  • Cervantes, Miguel De (2011). El ingenioso hidalgo dom Quijote de La Mancha (I y II). Edición crítica a cargo de Francisco Rico. Madrid: Real Academia Española. Disponible en el Centro Virtual Cervantes.
  • D’Andria, Francesco (2017). “Descubierto el umbral del infierno”, National Geographic.
  • Homero (1965). La Ilíada y La Odisea. Madrid: Sociedad Española de Estudios Clásicos.

 

Manuel Broullón

"Flâneur" a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

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