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Un milagro en Alcalá de Henares

Mucho es lo que se puede contar de la ciudad complutense, pues vicisitudes en siglos de historia desde luego no faltan. Y no sean celosas vuestras mercedes que ya sé… ya sé que prácticamente el noventa por ciento de las urbes españolas llevan a gala también una crónica que aglutina centurias, una detrás de otra, en cualesquiera de los puntos cardinales de esta Iberia vieja pero la protagonista de hoy es Alcalá. La del Henares, que nunca tan modesto caudal dio para tanto apellido, ni tan arábigo topónimo para tan nutridos bautismos.

alcala de henares
Iglesia de Santa Maria, Alcala de Henares (Foto: https://sp.depositphotos.com)

Formalizada ya la presentación y con tan vasto tiempo acumulado a horcajadas de todos los que por allí dejaron huella, ¿a qué época concreta viajar? Pues para este artículo en concreto al siglo XVI. Momento de esplendor para España pues nuestro era el dominio de un mundo que crecía a golpe de exploración y conquista con una sed de ambición y conocimiento irrepetible en la Historia.

¡Venga, qué fácil! ¿El s. XVI? ¡Vas a hablar de la Universidad! No hombre, no. ¿Es qué no habéis visto el título? Leéis a lo loco. Esto va de un milagro con todas sus letras y no, tampoco os voy a contar lo de San Diego, que de aquello hay negro sobre blanco y voy pues por otro prodigio: el de las sagradas formas

Nos vamos a 1597, un año antes del fallecimiento de Felipe II. Y tenemos a un hombre, un penitente que al parecer, estando fatigado, nervioso y arrepentido en un caluroso día de mayo, entró en el Colegio de la Compañía de Jesús de Alcalá. Inmediatamente, le cuenta al padre, bajo secreto de confesión, que carga con el robo de un buen número de formas eucarísticas cuya procedencia no dice aunque sí comenta que son de iglesias diferentes y que el hurto lo ha llevado a cabo con la ayuda de unos moriscos. Por si esto fuera poco, un dato más; si cabe más importante (y gravoso desde la ética de la fe), las obleas estaban consagradas.

El padre (Juan Juárez), con criterio, decide no consumirlas puesto que bien podrían estar tendiéndole una trampa y estar las formas envenenadas. No habría sido la primera vez puesto que ya se sabía que los moriscos, en ocasiones, usaban este método como venganza por acciones represivas de los cristianos. Casos de párrocos fallecidos por esta treta se habían dado poco antes en Segovia, Toledo y Murcia.

Así las cosas, las recogió y dispuso al margen de las que en su Colegio tenían preparadas con la voluntad de que, pasados unos días, las obleas se corrompieran y la transubstanciación perdiera su naturaleza. O sea, que el cuerpo de Cristo abandonara la forma sacra.

Lo cierto es que el ladrón se fue por donde vino, pero las obleas robadas se quedaron. Y no unos días precisamente sino unos cuantos siglos. Al cabo de unas más que prudenciales semanas, el padre, recordemos, Juan Juárez, alertó a otros sabios del Colegio de que no encontraba explicación a lo que ya cobraba tintes sobrenaturales. Unos años después, Pedro García Carero, médico de la Corte y que tenía despacho en la Universidad Cisneriana sometió las formas a un exhaustivo examen. Sorprendido como pocos, fue uno de los primeros en poner sobre la mesa la palabra milagro

La Asociación «Imperial Service»
Recreación Histórica del Milagro de las Santas Formas por La Asociación «Imperial Service» (foto: obispadoalcala.org)

No obstante y, por si acaso, otros doctores de la mencionada Universidad (por aquello de las suspicacias) también quisieron dar un repaso a tan singular pan ázimo y exponer dos tesis. Ídem: las formas, no es que no estuvieran incorruptas, es que estaban mejor que recién hechas. Digamos que Dios le cogió gusto a la ciudad complutense y quiso quedarse allí acogiendo su imponderable entidad en las veinticuatro obleas de trigo.

22 años después. En 1619, a un bienio de que comenzara a reinar el cuarto de los Felipes, la conclusión fue que solo un milagro podría hacer que la podredumbre no hubiera consumido las formas y se mantuvieran estas incorruptibles Entonces se decidió mostrarlas al culto público por decisión del vicario general de Alcalá de Henares, Cristóbal Cámara y, por supuesto Roma, en orden del Papa Urbano VIII. Hablamos de un, por otra parte, también caluroso 16 de julio.  A partir de ese momento, las santas formas pasaron de estar guardadas en una pequeña caja de plata y nácar a presentarse en un ostensorio notablemente vistoso.

Por supuesto, a este nombramiento, que también fue recogido (y promulgado) desde la Corte por figuras de primer orden como el Cardenal-Infante Fernando de Austria, le siguió una tradición social en donde no faltaron procesiones que fueron creando más y más adeptos al milagro. Un culto que se daba cada quinto domingo posterior al domingo de resurrección. Sé que queda bien decirlo, pero siempre es mejor si vosotros, queridos lectores, repasáis las hemerotecas patrias y así tenéis constancia de lo feliz y noticiable del hecho en el devenir de esta bonita historia hasta, ¡cómo no!, el estallido de la Guerra Civil. ¿He dicho Guerra Civil? Huy, pues me he colado. Hubo otra guerra antes y tampoco se quedó ni mucho menos corta en destrucción. La del francés. Ya sabéis, Napoleón en modo rodillo. Pero atracar a España, su aliado, le costó un Imperio. El suyo, para más inri.

El caso es que los gabachos pasaron por la vieja Complutum y no precisamente para postrear su costrada o sus rosquillas, no. Básicamente se dejaron caer para arrasarlo todo. Y la capilla de las Santas Formas estaba en su hoja de ruta..  por supuesto. Para compensar los rotos y el saqueo manifiesto, poco después, José Bonaparte, que reinaba aquí puesto por su hermano, se acercó a la ciudad y obsequió a la reliquia con una joya bastante gustosa y llamativa en forma de anillo de oro.

obispadoalcala.org
Réplica actual de la custodia (foto: obispadoalcala.org)

En 1939, ahora ya sí, en fechas de la Guerra Civil, se volvió a saquear el espacio de culto situado en la capilla de la Adoración Perpetua, en la actual iglesia de Santa María y se sabe, porque testigos no faltaron, que durante el asalto se llevaron la custodia, esto es, el objeto destinado a guardar las formas. Lo que no está nada claro es, si a tenor de ser la reliquia un compendio de 24 piezas fácilmente extraíbles una a una, los canónigos de la iglesia pudieron hacerse con ellas y esconderlas en algún lugar que las mantuviera a salvo del odio y la rapiña guerracivilista.

Sabe Dios (y nunca mejor dicho) si aparecerán juntas… algún día, en Alcalá de Henares. Entre tanto, que la memoria las haga perdurar.

A través de
Biblioteca de imágenes: depositphotos.com
Fuente
Revista digital de la CECEL. 14.Patrimonio durante la Guerra Civil en Alcalá de Henares / Manuel Vicente Sánchez Moltó.Las Santas formas: historia de una tradición perdida (blog) / José Carlos Canalda.

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