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La tregua de la batalla de Stalingrado

La batalla que supuso un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial

La batalla de Stalingrado (23 de agosto de 1942 al 2 de febrero de 1943) se había convertido en una cuestión personal entre Hitler y Stalin. La ciudad fue derruida en su práctica totalidad por los bombardeos alemanes perjudicando su propio avance; circunstancia que aprovecharon los soviéticos para lanzar una contraofensiva envolvente y cercarlos.

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Mapa de la operación Urano (Wikimedia)

La batalla y el plan soviético

Durante la batalla de Stalingrado, el plan para envolver a las tropas alemanas del que hablamos en la entradilla tuvo un nombre: operación Urano; por el cual, Zhukov, nombrado el 26 de agosto de 1942 vicecomandante supremo de las Fuerzas Armada Soviéticas, aprovechó que las líneas de suministro alemanas estaban muy extendidas y sus flancos protegidos por italianos y rumanos, para iniciar a las 7:20 horas del 19 de noviembre, una ofensiva en movimiento de pinza para cercar a las tropas de la Wehrmacht y a sus aliados.

El 23 de noviembre las tropas soviéticas se encuentran en Kalach y el cerco estaba cerrado. El Sexto Ejército, rodeado por siete ejércitos soviéticos, tenía por delante varios meses de resistencia y sufrimiento; aunque en un primer momento, al no tener los soviéticos las posiciones consolidadas, si Hitler hubiese permitido al Sexto Ejército romper las líneas, los rusos se habrían visto en apuros para contenerlo.

Tras los intentos por mantener con vida al Sexto Ejército, abasteciéndolo a través de vía aérea, y de intentar romper el cerco en la operación Wintergewitter –comandada por el mariscal de campo Erich Von Manstein el 12 de diciembre—, la situación no mejoró para los cercados. Los oficiales alemanes que se encontraban fuera del Kessel —así llamaban los alemanes al cerco— se preguntaban qué pasaría y por qué los soviéticos no acababan con el Sexto Ejército; los oficiales del Ejército Rojo se hacían la misma pregunta, pero es que, desde Moscú, tenían entre manos algo que ni combatientes alemanes ni soviéticos podrían imaginar.

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Tropas soviéticas se encuentran después de cerrar la bolsa de Stalingrado (Wikimedia)

La tregua

El mariscal Voronov recibió una llamada de Moscú que le decía que debía prepararse un ultimátum/tregua para el Sexto Ejército. En la primera semana de 1943, escribió un borrador que iría dirigido a Paulus —ese mes sería ascendido por Hitler al grado de mariscal de campo—. Cuando fue aprobado tras el visto bueno de Moscú, fue traducido por los alemanes antifascistas que colaboraban con el Ejército Rojo. Ahora comenzaba la tarea de buscar a los oficiales adecuados para actuar como emisarios de una tregua.

El día 7 de diciembre, fueron seleccionados el mayor Alexsandr Mijailovich Smilov, de la inteligencia del ejército; y el capitán Nikolai Dmitrevich Diatlenko, de la NKVD. Smilov y Diatlenko fueron informados de su tarea por el general Malinin, aunque en realidad nadie tenía una idea clara de las reglas y el ritual de un emisario de tregua. El general ordenó a un oficial de intendencia que vistiese a los oficiales con los mejores uniformes posibles. Una vez ya uniformados, subieron al coche Willys –vehículo que formaba parte de la ayuda estadounidense a los rusos— del cuartel general con el coronel Vinogradov y fueron hacia la estación Kotluban, en el sector del 24º ejército.

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Soldados alemanes se preparan para un asalto en Stalingrado (Entre Bombas y Trincheras)

La orden de alto al fuego la habían recibido las tropas del área desde el anochecer, y por la noche, los altavoces del Ejército Rojo transmitieron un mensaje preparado por los alemanes antifascistas para que sus compatriotas en el bando contrario esperaran a los emisarios de la tregua.

En los albores del 8 de enero los disparos habían cesado y todo estaba listo para el encuentro. A Smilov y Diatlenko se les unió un cabo de alta estatura, equipado con una bandera blanca y una trompeta con tres notas. En el ambiente se respiraba una tranquilidad inusual, impropio de ese campo de batalla. Al avanzar unos 100 m, el cabo hizo sonar la trompeta con el toque de «¡Atención, Atención! ¡Oigan todos!», entonces comenzaron los disparos. Los tres hombres se cubrieron tras una muralla hecha en la nieve y los bonitos y limpios uniformes que llevaban puestos, dejaron de estarlo.

Cuando los disparos cesaron, los tres se levantaron y continuaron su avance, pero nuevamente los alemanes comenzaron a disparar sin apuntarles directamente. Después de varios intentos infructuosos, Vinogradov envió un mensaje para suspender la misión. Paulus después negó que él hubiera emitido la orden de abrir fuego contra ninguna bandera rusa de tregua, pero se sospecha que el general Schmidt fue el que la dio.

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El mariscal Paulus, en el centro, observa las instrucciones que imparte Adolf Hitler (El País)

Smilov y Diatlenko volvieron al cuartel general avergonzados del fracaso de su misión, pero el mariscal Voronov —asesor militar durante la guerra civil española— les preguntó: «¿Por qué estáis cabizbajos, camaradas?» «La situación es tal que no deberíamos ser nosotros los que pidiéramos que ellos aceptaran nuestras propuestas, sino al contrario. De modo que les daremos más fuego, y vendrán ellos mismos a rogarnos por ellas». Durante esa noche, como el alto el fuego había acabado, los aviones rusos sobrevolaron el kessel  y lanzaron folletos impresos con el ultimátum a Paulus.

Un nuevo intento

Smilov y Diatlenko habían dormido muy poco, unas dos horas, cuando fueron despertados cerca de la medianoche. Un coche del Estado Mayor los esperaba para llevarlos al departamento de inteligencia, donde descubrieron que el coronel Vinogradov ya no lo era, había sido ascendido a mayor general, y que a ellos se les había adjudicado la orden de la Estrella Roja. Se les dijo a los dos emisarios que subieran al coche con Vinogradov y el oficial nombrado para reemplazarlo como jefe de inteligencia. En un largo viaje por el lado sur del Kessel cruzando el Don en dirección oeste y después otra vez al otro lado en Kalach, llegaron al cuartel general de la 96.ª división de fusileros, unos pocos kilometros al oeste de Marinovka.

Smilov y Diatlenko recibieron un buen desayuno y Vinogradov les dijo que se prepararan. El coche los llevó a la línea del frente. A Smilov y Diatlenko se les unió un contramaestre con una trompeta y un teniente que se ofreció a escoltarlos a través de los campos minados. Los tres emisarios se vistieron con ropa de camuflaje al llegar a las trincheras del frente y se pusieron en camino a través de la densa niebla.

Conforme avanzaban, encontraban docenas de montículos, cadáveres congelados. A medida que se aproximaban a las líneas alemanas, vieron figuras que se movían. Siderov, el contramaestre, agitó la bandera y tocó la trompeta. Un suboficial alemán preguntó: «¿Qué desean ustedes?». Diatlenko respondió en alemán: «Somos los emisarios de la tregua del comandante del Ejército Rojo. Llevamos un mensaje para su comandante en jefe. Pedimos que nos reciban de acuerdo con la ley internacional».

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Soldados soviéticos se alimentan y descansan en mitad de la batalla mientras uno de ellos vigila el sector (Entre Bombas y Trincheras)

El suboficial les dijo que se acercasen a la posición y de pronto comenzaron a asomar cabezas y armas apuntándolos. Diatlenko se negó a avanzar hasta que no llamaran a los oficiales, lo que convirtió la situación en una tensa y larga espera. El suboficial regresó acompañado por tres oficiales y comenzaron unas complicadas discusiones sobre los detalles de las garantías de seguridad según la convención internacional —quitarse los trajes de camuflaje para la nieve e ir con los ojos vendados—. El teniente de más alta graduación aceptó llevar a los representantes soviéticos al comandante del regimiento. A los soviéticos les fueron vendados los ojos con pañuelos y cinturones, ya que las vendas negras y la bandera blanca habían sido devueltos tras el primer intento.

El teniente de más alta graduación llevó de la mano a Diatlenko. El hielo sobre el que caminaban estaba muy disparejo por el impacto de las bombas y pulido por el roce de las botas envueltas en trapos, entonces Diatlenko cayó arrastrando al teniente alemán. Smilov, al oír el ruido, gritó alarmado, pero Diatlenko lo tranquilizó y se disculpó con el teniente. Cuando les retiraron las vendas de los ojos, los tres emisarios se encontraban en un bunker bien construido y revestido de troncos.

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Cadáveres amontonados, de los cuales muchos de ellos previamente habían sufrido congelaciones (Rubén Hdez David González)

Un alto oficial alemán entró y exigió conocer la autoridad de la misión. Tras obtener la respuesta de Diatlenko, el oficial salió del bunker, probablemente para telefonear. Mientras, y para mantener una atmósfera de cordialidad, Siderov abrió un paquete de cigarrillos Lux y ofreció a los alemanes. Además de fumar, rusos y alemanes hablaron de las celebraciones de Navidad y de armas.

La espera de la vuelta del general se hacía larga, pero cuando volvió, no fue para anunciar como era de esperar que un coche del estado mayor había sido enviado desde el cuartel general del Sexto Ejército. El coronel pronunció unas lapidarias palabras:

Se me ha ordenado que no lleve a ustedes a ninguna parte, que no los acompañe ni reciba nada de ustedes; solo que les vende de nuevo los ojos, los conduzca de regreso, les devuelva sus pistolas y garantice su seguridad

Diatlenko protestó y ofreció dar el paquete de hule a cambio de un acuse de recibo, pero el coronel alemán volvió a decir que se le había ordenado no recibir nada de los emisarios. Ante esta negativa, le pidió que escribiera en el paquete que rehusaba aceptar la carta dirigida al comandante del ejército. Los emisarios rusos se dieron cuenta de que poco más podían hacer aparte de dejar que les volviesen a vendar los ojos y que los escoltaran de regreso.

Al llegar a las trincheras, se les sacó las vendas de los ojos a los tres oficiales rusos. Les devolvieron sus pistolas y sus trajes de camuflaje para la nieve. Los dos grupos de oficiales se pusieron frente a frente y se hicieron el saludo. Vinogradov, que los esperaba en las líneas rusas, los condujo de regreso a la balka. Diatlenko y Smilov regresaron entonces al cuartel general del frente en el coche Willys del estado mayor con los generales, cansados y decepcionados, porque su misión había sido un fracaso y muchos hombres morirían inútilmente.

Fuentes:

Peter Antill (2008). El sitio de Stalingrado

Antony Beevor (2005) Stalingrado

Antonio José Pérez Sánchez

Empresario y exmilitar. Mi pasión es la Historia, ya desde pequeño mis primeras lecturas eran sobre personajes y acontecimientos históricos, y hoy sigo con esa sed infinita de conocimientos históricos. Amante de la Historia, del deporte y del Real Betis Balompié. Devorador insaciable de libros.

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