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¿Y si Blas de Lezo no hubiese muerto poco después de la batalla de Cartagena de Indias?

Ucronía sobre la vida de Blas de Lezo después de la batalla de Cartagena de Indias

Afortunadamente la figura de Blas de Lezo y Olavarrieta ya no es desconocida, si se le pregunta a alguien por él, al menos le sonará su nombre y recordará su última batalla, en la cual con solo media docena de navíos y 2800 hombres, derrotó a la Armada inglesa compuesta por unos 195 navíos y 30000 hombres. Gracias a esta y a anteriores gestas, el hombre que era cojo, tuerto y sin movilidad en el antebrazo derecho, pasó a la historia por su coraje, valor y sentido del deber, pero ¿y si no hubiese muerto después de su última batalla?

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Monumento a Blas de Lezo en la plaza de Colón, Madrid (Ramón Rubio Moreno)

El 7 de septiembre de 1741, muy temprano, llamaron a la puerta de la casa. Sorprendió la hora porque todavía los gallos del amanecer se escuchaban en uno y otro patio. Era un mensajero con una carta lacrada que, evidentemente, había llegado el día anterior y a la que se encargó de proteger para que las alas del sombrero de jipijapa que llevaba no depositaran su contenido de agua de lluvia sobre ella. Era un oficio de alguien importante. Doña Josefa la abrió apresuradamente; las manos le temblaban y el corazón le latía fuertemente. La lectura del oficio la heló, se trataba de un mensaje anónimo, quizás escrito por algún amigo de su marido en la Corte, que le decía:

Lamento comunicaros que el Rey ha sido persuadido de castigaros en breve por los hechos acaecidos en la defensa de Cartagena de Indias, a pesar de los buenos oficios que varios consejeros han hecho para que tal castigo no se ejecute.

Se le aflojaron las corvas y tuvo que apoyarse en la pared. Mandó traer un vaso de agua, que bebió de golpe. Se le escurrieron las lagrimas cuando releyó el oficio que, como una exhalación, cayó de sus manos. Cerró la puerta y puso la aldaba y fue, entonces, cuando rompió a llorar amargamente. Así permaneció largo rato… No volvió a recoger la carta que en el suelo estuvo, por orden suya, hasta muchos días después del deceso del General.

Los amigos a quienes Blas de Lezo se había dirigido en sus cartas debieron hacer un esfuerzo por enderezar las cosas ante el Rey y conseguir algún reconocimiento. El influyente José Patiño ya tampoco podría ayudarles pues había muerto cinco años antes, en 1736. Pero, por más que se intentó, las intrigas del Virrey no habían podido ser contrarrestadas; el daño estaba hecho, y además, los mismos métodos empleados por el General para hacer llegar sus informes carecían de ese sello especial que da la formalidad de los correos oficiales. Había una cierta e injusta clandestinidad en ellos, a más de las intrigas personales, que había obligado a las autoridades españolas a creer más la versión del Virrey y la de sus áulicos.

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Imagen conmemorativa de la batalla de Cartagena de Indias (Abc)

¿Quién era, mujer? ¿Era algún correo…? ¿Me escribió el Rey…?

preguntó lánguidamente.

No era nadie, Blas… —Y Josefa miró el reloj. Eran las nueve. La misma hora en que habían aparecido las velas en el horizonte de Cartagena.

Me muero, Josefa —dijo exhalando un suspiro—. Muy seguramente el Rey me otorgará el título nobiliario que le he pedido… Pero no te olvides de cobrar mis sueldos… Mira, cómprate un billete de lotería de esas cuyos números salen marcados en las ranas y los peces… — Y, poco más adelante, continuó—: No ha venido nadie, ¿no es cierto? Entiérrame con mi crucifijo de plata, que él me hará compañía… Ah, y con mis patas de palo… Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio… Gracias por todo lo que me has dado, mujer… Ah, pero te ruego que no me traigas plañideras a que giman y den alaridos sobre mi cadáver…; no lo podría soportar… —Y luego murmuró casi imperceptiblemente—: ¡Fuego!, ¡Fuego! —Fueron sus últimas palabra, como dando la orden a invisibles cañones de imposibles navíos, y sin que se tuviera certeza de cual Imperio defendía.

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Homenaje a Blas de Lezo en Cartagena de Indias, Colombia (ECD)

A los pocos minutos, después de que, primero los labios, y luego la cara, se le fueran poniendo cenicientos como una gran mancha de muerte que se iba extendiendo sobre la vida, concluyó: «Dios mío y Señor mío…», con voz agonizante, trémula, y entregó su alma aquel medio-hombre, el hombre y medio, que había defendido el Imperio de la más grave amenaza que jamás se extendiera sobre el continente hispano.

Josefa se abrazó al cadáver y se quedó allí, sobre él, vertiendo lágrimas de dolor e ira porque en su memoria, una y otra vez, aparecía aquella carta de advertencia. Solo la consoló que su marido no hubiera llegado a conocerla.

Y no hubo dinero para su entierro. Ni una lápida. Ni una inscripción con su nombre. Ni siquiera un cortejo fúnebre con la presencia de sus soldados. Todos temían las represalias del Virrey. La Misa de difuntos fue pronunciada por el obispo.

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Fragata “Blas de Lezo” a su paso por el castillo de San Felipe en Ferrol. La Armada española cuenta con esta fragata con el nombre del héroe español desde 2003 (Armada.mde.es)

Unos pocos amigos, muy íntimos de la familia, con Doña Josefa a la cabeza, marcharon llevando el féretro hacia su última morada. Era un día triste de lluvia, que milagrosamente se suspendió a la marcha de los dolientes. Tres truenos en la lejanía dieron, como salvas de honor, su último adiós a uno de los más heroicos marinos de España. Hoy ya nadie está seguro de que, en efecto, su cuerpo haya sido enterrado donde él dispuso. No hay rastro cierto. Pero nos consolamos con la posibilidad de que así fue.

El 21 de octubre de 1741 se emitía una real orden por la cual se destituía a Don Blas de lezo de su puesto de comandante y se le ordenaba regresar a España con la intención de ser sometido a juicio de responsabilidades. La muerte lo había hecho escapar del último ultraje y vejación. Nadie nunca tampoco escribió una verdadera biografía sobre el héroe. Años más tarde, demasiado tarde, su nombre era rehabilitado y se le concedía el marquesado de Ovieco. Sus descendientes lo disfrutaron.

Extraído del Epílogo de la novela histórica “El día que España derrotó a Inglaterra” de Pablo Victoria

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Antonio José Pérez Sánchez

Empresario y exmilitar. Mi pasión es la Historia, ya desde pequeño mis primeras lecturas eran sobre personajes y acontecimientos históricos, y hoy sigo con esa sed infinita de conocimientos históricos. Amante de la Historia, del deporte y del Real Betis Balompié. Devorador insaciable de libros.

2 comentarios

  1. La palabra “paladin” describe perfectamente a este héroe español tan olvidado en el presente…

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