En la ciudad eterna se sube y se baja constantemente. En parte porque la urbe está asentada sobre siete colinas. Pero sobre todo porque el ir y venir por las pendientes forma parte de un juego.

Todas las fotografías están tomadas por el autor.

Los siete montes romanos, a saber: Collis Aventinus, de 47 metros de alto; Capitolinus con sus dos cabezas –Arx y Capitolium– de hasta 50 metros de altura; Caelius, también con 50 metros; las tres cimas del Esquilinus, que son CispiusFagutalis y Oppius, de las que la más alta alcanza los 64 metros; Palatinus –dividido en Cermalus o GermalusPalatium y Velia– con 51 metros; Quirinalis, que tiene tres picos –LatiarisMucialis o Sanqualis, y Salutaris–, de hasta 61 metros; y por último el Viminal, de 60 metros. Eso dice Wikipedia… aunque Wikipedia, o se equivoca, o miente, o no sabe.

 

Lo que yo sí sé porque lo he visto con mis propios ojos es que en el Aventino, si se mira a través de una cerradura del palacio de la Orden de Malta, se ve una bonita y bien compuesta vista de la cúpula de Miguel Ángel en el Vaticano. De esas perspectivas limpias de los pintores renacentistas; un encantador juego para iniciados, no apto para cámaras fotográficas ni para smartphone. De esa imagen no tengo ninguna fotografía que mostraros: debéis ir a verla con vuestros propios ojos en una tarde clara de otoño. Aun quedan lugares en Roma a los que sólo el ojo humano puede llegar. Rara avis: “Giochino! Giochino!”, decía yo entusiasmado cuando mi Virgilio particular me prometió, al salir de la iglesia de Santa Sabina, que me iba a descubrir esa imagen fabulosa y sagrada que sólo se forma en las retinas de los curiosos y de los paseantes.

Desde el Palatino, por contra, las vistas son melancólicas a causa de los escorzos de columnas derrumbadas que un día pertenecieron a la casa de los emperadores. El Capitolino es particularmente inquietante porque allí está la roca Tarpeya, por donde era costumbre al parecer “civilizada” despeñar a los traidores o a los sospechosos de tal cosa. Según se cuenta, uno de los últimos ilustres defenestrados por la parte del foro, fue Cola di Rienzi, tribuno y humanista que predicaba barbaridades como acabar con el poder tiránico de los papas e instaurar en su lugar un “Buen Gobierno”. Qué cosas.

Ya que se sube y se baja durante todo el día lo más recomendable es hacerlo por las escaleras más monumentales que se encuentren. Porque lo de las escaleras es cosa seria. Incluso hay una de veintiocho peldaños de mármol recubierto de madera de nogal cerca de la basílica de Letrán, en la que –dicen– si subes de rodillas consigues no sé cuantos años de indulgencias en el purgatorio después de la muerte. Dejando las polémicas teológicas aparte, lo cierto es que según la tradición esta escalera la mandó traer la madre del emperador Constantino en año 326 desde Jerusalén. ¿Por qué? Porque según esta señora, Santa Helena, era esta la escalera por la que Jesús de Nazaret debió de llegar al pretorio, donde lo esperaba Poncio Pilato para juzgarlo. Tampoco está la cosa muy clara. Lo cierto es que subiendo por allí, actualmente se accede a un edificio mandado construir en el siglo XVI por el papa Sixto V, donde se encuentra un delicioso retablo en tríptico llamado Santissimi Salvatore Acheiropoieton, que significa “Santísimo Salvador no pintado por mano humana”. Todo es misterio detrás de velos y a través los corredores de los palacios romanos, en los sancta sanctorum de la ciudad.

Hoy por hoy las subidas y bajadas son mucho más vulgares. Ya no se lleva eso de despeñar a la gente que defiende ideales revolucionarios ni de ganar las indulgencias plenarias para la otra vida. Por fortuna. Ahora las modas, bendecidas por gobiernos y papas –eso al menos no ha cambiado nada–, exigen que los turistas suban y bajen por todas las escaleras de Roma en una danza mecánica, inhumana, sin fin. Y de pago. Se sube al Capitolio y al “altare della Patria” para mirar las vistas panorámicas; también a la cúpula de San Pedro por una escalera inclinada para ver el mismo paisaje desde el otro lado. Se viene y se va por la pendiente escalonada de la Piazza di Spagna, se sube al Coliseo y se baja a las catacumbas; se asciende por la pendiente de Piazza del Popolo hacia los parques Villa Borghese y se retrocede a través de los siglos al descender por los pasadizos de san Clemente para visitar el pagano Mitreo.

Nosotros, cansados de tanto subir y bajar, hastiados de esta danza turística, huimos para refugiarnos en el Trastevere, colina apócrifa en el canon romano y “al di là” del Tíber.

Allí, una palabra. Una sola palabra que lo cambia todo: tiramisù.

Antes de caer en ripios cursilones, o peor aun, en el vicio de la cita erudita –¿le parecería bueno el tiramisù a Aristóteles? ¿hablará de él, aunque sea de refilón, en su Poética?–, baste decir esta sola palabra que hace olvidar tantas escaleras: TI-RA-MI-SÙ.

– Cazzo! Qui si mangia il miglior tiramisù del mondo! -dijo borracho de fanfarronería il padrone de aquel café- Lo giuro!*

Y un romano no jura en vano, ¿eh?, que tiene cerca al representante de dios en la tierra, no sea que se entere…

Primero se estornuda cuando se huele el cacao. Luego se devora. Del tiramisù no queda nada. Pero todo cambia. La Roma transtiberina se vuelve amable… y hasta habitable. Nuevamente, por uno de esos milagros que sólo suceden en Roma, se sale del tiempo, se entra en una eternidad detenida a través del paladar. Me limpio los labios con una servilleta de cuadros que ahora me parece encantadora, y concluyo: se abitassi a Roma, mi trasferirei volentieri in Trastevere.

* ¡Carajo! ¡Aquí se come el mejor tiramisú del mundo! ¡Lo juro!

** Si viviera en Roma, me mudaría con gusto al Trastevere.

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