ROMA (III): GORE VIDAL, BERNINI, TOSCA

Si “todos los caminos llevan a Roma” ello quiere decir que desde allí también se podría llegar a cualquier destino. Dicho de otro modo: Roma supone una parada obligada para cualquier viajero, negociante, conquistador, devoto, peregrino… o trotamundos bohemio sin más guía que su insaciable deseo de curiosidad. Quizás este sea mi caso. La ciudad eterna ha sido a lo largo de los siglos un lugar de tránsito de quienes, yendo y viniendo, la tomaron como referencia para orientar sus pasos en la vida.

Notable paradoja: la ciudad de los espejos y las escenografías, de los callejones en los barrios populares y de los pasadizos ocultos, de las ilusiones y de las derrotas… ¿puede ofrecer alguna ayuda para encontrar el camino?

 

En una película de Federico Fellini, el narrador requiere la opinión de Gore Vidal, que, nada fortuitamente, como en toda gran obra del maestro de Rimini, estaba cenando por allí, cerca de donde rodaban las cámaras. En esta nada improvisada entrevista, el escritor norteamericano dice:

Roma es la ciudad de las ilusiones. No por casualidad aquí están la iglesia, el gobierno y el cine. Todas las cosas que producen ilusiones, como haces tú, Federico, como hago yo. Una ciudad que ha muerto tantas veces y que tantas veces ha renacido es un lugar tranquilo para esperar el fin, es un sitio ideal para esperar y ver si todo termina o no.

Todo se reduce a una gran escenografía. O más bien se amplifica y se potencia hasta el estupor de los sentidos, como corresponde a la Roma barroca. Desde el memorable trompe l’oeil del fresco del techo de Il Gesù (¿y acaso también la Sixtina de Michelangelo, no es otro prodigioso engaño para la vista?) hasta los incontables retablos, celosías, enrejados, escalinatas… Desde la Roma Antica en adelante todo gira en torno a una gran puesta en escena. Bernini (tanto el arquitecto como el escultor) es el pontífice de la afectación y de la grandiosidad que desbarata todo argumento en contra. Aún hoy Bernini reina indiscutiblemente en Roma: los disfraces, las cabalgatas, los tableaux-vivants… están por todas partes, en ambas orillas del Tíber. Roma es espectáculo.

Y todo escenario, como dice Vidal y como sabemos gracias a esos señores elegantísimos que eran los estoicos, hace del mundo una imagen y una representación que -¡ay!- no pocas desgracias acarrea. Por eso Tosca, la Floria Tosca de la ópera de Giacomo Puccini, diva indiscutible de los escenarios, cuando no se ciñe a su papel en esa macabra obra de teatro que es la Roma ocupada por la policía borbónica y por la iglesia, no tiene otra salida que caer desde alto, desde bien alto, desde el Castel’Sant’Angelo. Que no es poca caída… aunque éste, a todas luces, sea un suicidio de ficción.

Se puede decir que a Tosca el realismo de la representación le pasa por encima. A pesar de que la Floria Tosca es mucha mujer.

Paradójicamente, en Roma, la ciudad de las ilusiones y los engaños para los sentidos, el idealismo está prohibido. En Roma el espectáculo se acata como una orden.

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Manuel Broullón

"Flâneur" a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

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