Roma. Artificio, maravilla, estupor.

En Roma es imposible cualquier noción de espacio, el espacio medido mediante las proporciones. Si para Protágoras “el hombre es la medida de todas las cosas”, se puede decir sin miedo a equivocarse que la medida de Roma es inhumana. Roma es lo opuesto a la medida; es la anti-medida, la desmesura.

François Flahault dice que la desmesura es:

1) Creer que el hombre no forma parte de la naturaleza.
2) Creer que donde hay racionalidad no hay desmesura.
3) La ilusión de que el ser humano es independiente del mundo, de la sociedad y del medio ambiente.
4) Creer que el deseo de existir de manera incondicionada y absoluta puede e incluso debe cumplirse realmente.

Roma es la prueba material de la soberbia del hombre prometeico. Desde los césares hasta los papas, que contravinieron las leyes naturales desafiando al tiempo y al espacio con sus delirios de grandeza impunemente llevados hasta el extremo (1).

 

 

Roma es la perfección de la técnica en su grandeza arquitectónica (2). Pero una técnica racional al servicio de la locura de unos pocos poderosos y por lo tanto, irracional, bestial, inhumana. La locura de un Coliseo en el que, mientras unos afortunados e inconscientes comen, beben y hacen el amor en los graderíos, otros pobres desgraciados son devorados por las fieras en la arena por ser extranjeros o por profesar otros credos. También la soberbia de los papas coronados con tres tiaras traicionando el ideal de Jesús de Narazet y amenazando cuando no condenando a sus semejantes (o debiera decirse a su prójimo) por la gloria de dios. “Como si tuvieran la menor idea tales majaderos de qué es eso de la gloria de dios” (Unamuno dixit).

 

 

En Roma, el individuo es una gota en el océano (3). Con mucho, hasta el más olvidado capitel reduce al ser humano a lo anecdótico.

 

Roma es la sucesión en distintos estratos temporales superpuestos (la Roma antigua, la Roma medieval, la Roma barroca, pero también la Roma moderna y postmoderna) que demuestran que, efectivamente, este deseo de desmesura es una constante en la humanidad a pesar del paso del tiempo y de la supuesta sofisticación de los ideales racionales y de los valores democráticos.

 


Por eso Roma es una ciudad eterna, soberbia, loca. Seductora y repugnante al mismo tiempo, en esto sí, a la perfecta imagen y semejanza de la condición humana.

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