El pueblo se va de Cañas por el Madrid de los Austrias

Me han besado los labios de un arriero,
de un arriero.
¡Ole catapum, pum, pum!
¡Ole catapum, pum, pum!
Y de besarme luego he notado, luego he notado
que eran los mismos ojos que vi en El Prado.

 

Era domingo y había festividad de cañas y corridas de toros en la plaza Mayor. De todas ellas, las más brillantes y fastuosas eran las fiestas organizadas por la Casa Real en honor al pueblo, donde los nobles de alta alcurnia compartían el gozo de verbenas, esparcimientos y espectáculos habituales que disfrutaba la plebe, a la cual en cambio no le eran accesibles los pomposos festejos palatinos.
El juego de cañas era una emulación y homenaje a las guerras entre moros y cristianos ocurridas durante siglos en la Península, consistente en una carrera entre varias cuadrillas de jinetes que se acometían y asaeteaban unos a otros con unas lanzas de punta roma llamadas cañas.
El caballero más hábil del juego era quien conseguía golpear a sus contendientes con sus lanzamientos y a su vez librarse de los golpes. Durante la huida se cubrían la espalda con adargas y broqueles, persiguiendo a otros, y todos ellos montados a la jineta en corceles vivos y veloces, dóciles al freno, que no tenían rival en acciones ligeras de caballería.

Juego de Cañas. Detalle
Juego de Cañas. Detalle

Para que los encuentros fueran limpios, según la ley del juego, se habían de hacer de frente, tirándose las cañas rostro a rostro o de lado. Existía el dicho: “las cañas se vuelven lanzas“, en referencia a las veces en que el juego crecía en violencia provocando verdaderas peleas, en cuyo caso las cañas se sustituían por venablos o espadas.
Cuando todas las cuadrillas habían corrido ya sus cañas, los padrinos se metían en medio para poner fin a la escaramuza. Entonces solían cerrar las puertas y soltar un toro o más…, y los caballeros que lo deseaban podían tomar rejones y enfrentarse a los bravos animales. Esta fiesta no era celebrada por ninguna otra nación además de la española, porque todos tenían por excesiva temeridad pelear contra un animal que cuanto más herido está, más furioso arremete.
Se juntaban para participar en el juego los más gallardos caballeros de la Corte, vestidos con sus mejores galas para mostrarse ante las damas que se abanicaban y sonreían desde las gradas, agitando sus pañuelos ante los requiebros de los jinetes. Éstos llevaban toda fantasía de indumentos, recuperando el furor anárquico de las heráldicas de la centuria anterior. Había calzas y mangas acuchilladas de todos los colores, jubones ribeteados de plata y oro, sombreros con plumachos fabulosos… Pero sobre todo arneses damasquinados y un sin fin de lanzas emperifolladas de flores.
Miles de ojos miraban con envidia a estos gentilhombres, porque en España casi todo el mundo pretendía serlo, y tales aspiraciones desmedidas podían verse hasta en los que vivían en la más seria privación.

El Cid lanceando un Toro. Francisco de Goya
El Cid lanceando un Toro. Francisco de Goya

El sol del mediodía embellecía los contornos grises de la capital de las Españas, haciendo resaltar el verdor de los parques. Bullía tal muchedumbre que era difícil avanzar por las calles. Criados y pajes lucían sus libreas, los tablados se adornaban con guirnaldas, asomaban por los balcones macetas con petunias que se abrían en tonos violetas… Los estudiantes invadían las tabernas de Puerta Cerrada y la Cava de San Miguel, llenaban las mesas con jarras de vino y carteras atiborradas de manuscritos, plumas y tinteros. Andaban con ellos pintores de manos sucias y curanderos que pregonaban sus prodigios encerrados en frascos cristalinos.
Los muchachones andrajosos disputaban por un buen sitio desde el que ver el espectáculo. Hablaban a gritos de lo ocurrido un poco antes, cuando un certero jabalinazo le arrancó media oreja al galante marqués de Rosablanca. Frente a ellos, delante de la barrera y vigilando la escalinata que conducía a las gradas, formaban los vistosos alabarderos tudescos de la guardia, con sus ropajes acuchillados de blanco y amarillo, que sostenían inmóviles las astas de sus armas e impedían el paso a todo aquel que no hubiese pagado un asiento privilegiado.
Las damas agitaron sus pañuelos turquesa cuando el marqués de Lezama, que sobre la silla parecía un centauro, esquivó la acometida de un enorme toro negro con excelente habilidad ecuestre. El gallardo joven, en respuesta, les dedicó una reverencia desde la arena con su sombrero emplumado en la mano. Tras varias rejoneadas, el marqués finalmente puso pie a tierra, y con derroche de maestría, acabó con el astado dándole una estocada perfectamente ejecutada, lo que arrancó los aplausos de todo el público.

El Prado en el siglo XVII
El Prado en el siglo XVII

Por la tarde, la fiesta se había movido a los campos de El Prado. Flotaba en el aire una nube de polvo, levantada por los innumerables carruajes y jinetes que hacían el paseo por la Calle Mayor, unos arriba, otros abajo. Había tanta diversidad de hermosuras y galas que parecía que se hubieran desatado las estrellas del cielo para caminar por la tierra.
Entre los árboles y alrededor de las fuentes, los lindos galanes se acercaban a los grupos de mujeres que conversaban agitando sus abanicos para lanzar sus requiebros. Paseaban las dueñas y madres mostrando a sus hijas como en un escaparate, dejando su inocencia a merced de las garras de la venalidad. Buscaban a los caballeros que lucían cruces de Santiago o de Calatrava en sus pecheras para ofrecerles a sus virginales doncellas, y así luego tratar de echarles el lazo del matrimonio o, al menos, recibir favores económicos. Allí también se hacían contrataciones de hermanos, primos y maridos, que se alquilaban como lacayos o escuderos de las damas que quisieran pasar a la Corte con mejor nombre.
El pueblo de Madrid era ejemplo de vida relajada y moralidad equívoca; quizá precisamente por eso se mostraba tan indulgente con las debilidades de sus aristócratas, que eran muchas. Incluso el emperador Carlos fue ocasionalmente licencioso, a pesar de besar la cruz todas las noches, y se le conoció un hijo bastardo fuera del matrimonio.
Sangre, amor y religión eran los ingredientes que se mezclaban en la olla de la capital; fascinante escenario, glorioso en aquellos días, donde las novias eran conquistadas entre besos, estocadas y difuntos.

Héctor J. Castro

Nacido en Ferrol, profesor de lengua inglesa y novelista. Su pasión por la Historia lo ha llevado también al modelismo de escenas bélicas, en el que ha conseguido varios premios de pintura y escenografía. En 2016 publicó el primer volumen de su trilogía El Siglo de Acero.

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