Sherezade es la primera heroína relatora de la que tenemos noticia. Una mujer de tinta y papel; pero al fin y al cabo, la musa de quienes cuentan historias. ¿Por qué contar historias? ¿Tiene sentido en la era post-medial, mientras por otro lado se habla de la post-verdad?

«Aladino y la princesa», ilustración de la edición ilustrada de «Las mil y una noches» de Calleja (1876). Biblioteca Nacional de España.

Para Sherezade las historias eran cuestión de vida o muerte. Consultemos entonces a las musas para aclarar este asunto.

Historia, History, stories, microstorie… palabras tan distintas entre sí pero con una misma raíz común, que como casi todas las raíces, suele ser la de un problema. Cada una de ellas abre una vía apasionante con todo un universo detrás. No pretendo iniciar aquí una lección académica, sino que intento trazar un punto de partida. Me invitan a participar en un proyecto sobre la Historia –creo que se escribe con mayúscula–, enfocada ésta al modo de un reto. El reto de componer la Historia y de pensarla; pero también de hacer un ajuste de cuentas con ella, cuestionándola a cada paso. Me parecía responsable, entonces, preguntarme antes de empezar qué sentido puede tener dicho cometido en este espacio en el que participo desde hoy. No con el afán de ofrecer respuesta alguna, sino de sembrar la duda. Dudas fecundas que dan lugar a otras preguntas, preguntas que engendran retos apasionantes… y retos que provocan nuevas dudas. Cuando la nave zarpa, el horizonte tiene la manía de desplazarse siempre más y más allá. ¿Acaso una vez que partimos, podemos pretender otra cosa que seguir navegando?

En Las mil y una noches, Sherezade también contaba historias –ahora con minúscula– con el único fin de sobrevivir a cada nuevo amanecer. La heroína de esta preciosa recopilación de cuentos orientales se desposaba con el cruel sultán Shahriar. Este monarca era un hombre misógino profundamente herido por un desengaño amoroso. Pensando que la mujer fuese infiel por naturaleza y para consumar su venganza, el sultán dio órdenes en su corte para que, cada tarde, se celebrasen sus desposorios con una nueva dama, a la que a la mañana siguiente mandaría dar muerte. Así es que las historias, para Sherezade, tenían un sentido bien claro. Eran cuestión de vida o muerte: un verdadero reto. Por eso, cada noche, Sherezade recibía a su esposo contándole un cuento; y antes del amanecer, lo interrumpía, prometiendo terminarlo la noche siguiente. La curiosidad retuvo la mano vengativa del soberano durante mil noches, hasta que al final, en la última de ellas, levantó la terrible condena: «y fueron felices y comieron perdices». Las historias, a veces bellas, a veces terribles, salvaron la vida de Sherezade; también sanaron las heridas interiores de Shahriar.

Mucho antes de que los académicos hablaran del storytelling, lo cierto es que Las mil y una noches nos enseñaron que si estamos vivos, como Sherezade, es porque podemos seguir contando historias. Queremos escucharlas, queremos investigarlas, queremos reelaborarlas… confiando en que ello nos mantenga con vida, e incluso, por qué no, sane las heridas más profundas.

Soltad amarras: partimos.

 

Fuentes:

  • (1876). Las Mil y una noches. Madrid: Saturnino Calleja.
  • Ginzburg, Carlo (1994). «Microstoria: due o tre cose che so di lei», Quaderni Storici, 86, pp. 511-539.
  • Lozano, Jorge (1991). El discurso histórico. Madrid: Alianza.

Puedes dejar un comentario