El Origen de los Mirmidones

Cierto día el gran Zeus descubrió la belleza de la hija de Asopo, Egina, señor de los manantiales y de los ríos. Desde el mismo momento en que la vio, el dios se encaprichó de ella, como era de costumbre, y decidió raptarla —que también era “casi” costumbre.

En un principio, Asopo quiso castigar al raptor de su hija, y enterado por Sísifo de la categoría del malhechor, nada menos que el rey de de los dioses, intentó enfrentarse a él para que le devolviese a su bella hija.

Pero Zeus cortó por lo sano, pues respecto a sus caprichos amorosos no admitía imposiciones de nadie. En cuanto tuvo ante sí a su oponente, lo fulminó con su poderoso rayo y obligó, así, a Asopo a retornar al lecho de su cauce.

Se dice que, desde entonces, el río de Asopo contiene, en vez de dorada y fina arena, negra carbonilla y oscura cernada.

Una vez resuelto este primer escollo, Zeus se dirigió, en compañía de la bella Egina, hacia la isla de Enone —también se la conoce con el nombre de Eponia—, lugar en el que nacería Eaco.

Cuando Hera se enteró del nacimiento de un hijo de Zeus y Egina montó en cólera y se dispuso a perpetrar, e infligir, el mayor daño posible en el fruto de la descendencia de ambos. Para ello envió una enfermedad pestífera sobre la isla y casi de forma fulminante murieron todos sus habitantes.

De este modo se quedó Eaco como único habitante de aquel lugar de muerte. Pero como éste pidiera a Zeus que repoblase aquel lugar para, así, tener compañía humana, el poderoso dios transformó a las hormigas que había en la isla en seres humanos.

En adelante, los pobladores de la citada isla se llamarían “Mirmidones”, palabra que significa “hormiga”.

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