ROMA (V): NEORREALISMO

El Neorrealismo italiano fue un movimiento político. Conspiradores de profesión como Cesare Zavattini y Guido Aristrarco lo perpetraron, eso es meridianamente claro. Luego estuvieron las estrellas: Roberto Rossellini, Vittorio de Sica, Federico Fellini… o Pier Paolo Pasolini, quien antes fue agitador público que cineasta.

Todas las fotografías fueron tomadas por el autor en Roma durante la primavera de 2015.

Por eso nosotros, que admiramos a estos cineastas, decidimos no perder toda una mañana en ir y venir por la línea B del metro desde Termini hasta Cinecittà. La “padrona” de nuestro bed&breakfast –una notable cinéfila anónima, frecuentante asidua de una pequeña y deliciosa sala de cine romana en la que recalamos aquella misma noche– nos dijo durante el desayuno que recientemente vendieron aquellos famosos estudios por unos cuantos fajos de billetes. Los ha comprado una multinacional y ahora es un parque temático. En el estudio cinco, al parecer, hasta se hacen visitas guiadas y alguna que otra performance. “Boh”, respondo yo, que he aprendido que eso es lo más romántico que te puede decir un italiano.

Habíamos visto tantas veces aquellas películas que cuando llegamos a Roma, ojos ávidos de contrastar nuestros recuerdos cinematográficos con la realidad, no vimos nada que se pudiera parecer lo más mínimo ni a Laddri di biciclette ni a La Dolce Vita. Por el contrario, el paseo que dimos por Vía del Corso tuvo más que ver con La vita è bella que con Roma città aperta. Por aquello de que todo es un juego macabro. Por no hablar del Vaticano: se parece más a los decorados de cartón piedra y a los píxeles digitales que salen en Ángeles y demonios que a lo que aparece en Habemus Papam de Nanni Moretti. Y es una pena, porque nos tomaríamos la vida con más serenidad.

¿Dónde estaban los obreros que se buscaban la vida en las selvas urbanas pintadas por De Sica, la Mamma Roma de Pasolini y las mujeronas de risa estridente y enormes pechos con las que soñaba Fellini? A la desesperada fuimos hasta Via Vittorio Veneto. Pero aparte de una placa donde se celebra “el teatro de La Dolce Vita” y de una valla publicitaria, ya no queda nada de las fastuosas cabalgatas fellinianas repletas de monjas bajitas, de viejos verdes, de condesas venidas a menos mirando por encima del hombro a las chicas pobres pero bienintencionadas… Todo está impoluto, como si allí no hubiera pasado nada. Nada de nada.

Decidimos finalmente ir a buscar aquellos rostros –que gracias al cine se nos habían vuelto tan familiares– en el Campo dei Fiori, en los despachos de pizza al taglio en plena calle donde se come codo a codo por algo más de tres euros compartiendo un trozo de barra con inmigrantes, ociosos, turistas y trabajadores enchaquetados que engullen el café de un trago. También en las colas. Porque en las colas se espera y nunca pasa nada. Es allí en donde teníamos que colocarnos, para tener tiempo de mirar los rostros y el desfile de máscaras que ante nosotros tenía lugar. Pero sobre todo en los barrios de la periferia y en los alrededores de las estaciones de segunda de la ciudad.

He traído unas fotos que no son todo lo expresivas que una fotografía podría ser, tampoco son lo que yo hubiera querido, pero gracias a ellas puedo esgrimir argumentos suficientes como para demostrar que los personajes de Pier Paolo Pasolini existen, que son de carne y hueso, y que además hablan en ese musical -y a mis oídos incomprensible- dialecto romano.

 

Manuel Broullón

"Flâneur" a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

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