Helen Duncan: la bruja que hizo peligrar el desembarco de Normandía

¿Cómo? ¿Qué una bruja pudo dar al traste con la ‘Operación Overlord’ y el desembarco de Normandía? Pues sí, eso es lo que pensaron los servicios de inteligencia británicos y la Royal Navy unos meses antes de la gran batalla en aguas francesas y que fue crucial para el devenir de la contienda. Y era bruja porque se la juzgó como tal en base a la arcaica Ley de Brujería de 1735 y que aún seguía vigente por aquel entonces.

Y que conste que a Churchill todo esto le pareció siempre una soberana estupidez. Pero, ¿quién era en realidad Helen Duncan? ¿Era tan peligrosa como aseguraban? ¿De verdad conectaba con el más allá y le hablaban los espíritus de los soldados caídos en el frente? Analicemos esta increíble historia que bien podría dar para una nueva película de Woody Allen.

Nuestra protagonista nació a finales del siglo XIX en Escocia. De familia humilde empezó a trabajar pronto como operaria en distintas fábricas de productos de limpieza de la ciudad de Dundee. Se casó joven y fue madre de seis hijos. Parece ser que el poco dinero que ingresaban en casa ella y su marido la hicieron reinventarse -como se diría hoy en día-. Tanto fue así que el sector de lo paranormal acabó siendo el elegido. Y escogió bien, pues llegó a convertirse en la médium británica más famosa entre la década de los 30s y de los 40s del siglo pasado.

Victoria Helen McCrae Duncan fue la última persona en ser encarcelada bajo la ‘Ley de Brujería’ británica de 1735.

Con seguidores y detractores por todo el país, la espiritista fue amasando una pequeña fortuna pues eran muchos aristócratas los que acudían a ella para intentar hablar con sus hijos muertos a manos de los nazis. Gente que se gastaba grandes sumas de dinero para que esta voluminosa señora entrara en trance y hablara por boca de los difuntos, no sin antes expulsar por ese mismo orificio o por la nariz grandes cantidades del famoso ectoplasma.

Un fluido que los entendidos atribuyen a las apariciones físicas de presencias extrañas y que no es otra cosa que una sustancia viscosa y pegajosa. Más adelante se comprobaría que el susodicho y repugnante líquido no era más que un preparado a base de clara de huevo. Sin embargo, estas actividades le costaron más de un disgusto con la justicia a esta «mujer de bien», como ella se solía denominar. Un ejemplo de ello es la condena a la que se le castiga en 1933 por un tribunal de Edimburgo, cuando fue hallada culpable de estafa y multada con diez libras.

Duncan con un ectoplasma falso hecho de tela de algodón y una cara cortada de una revista.

Desde luego, Hellish Nell, otro de los nombres que utilizaba la señora Duncan, encontró todo un filón en la gran guerra para la consolidación paulatina de su negocio. Entre sus clientes empezaron a sumarse aquellos oficiales de alto rango del ejército inglés que perdían a sus seres queridos y con los que ansiaban contactar. De hecho, ésta es la hipótesis con más fundamento para averiguar de dónde provenía su fuente a la hora de conocer ciertas informaciones confidenciales y muy delicadas y que, al parecer, dijo saber por obra y arte del mundo de los muertos.

Todo acaba cayendo por su propio peso y eso fue lo que le pasó a finales de 1941, cuando una gran metedura de pata la puso en el ojo del huracán. Por aquel entonces Helen residía en la ciudad costera de Portsmouth. Allí, en una de sus teatrales sesiones, con los ojos vendados, atada de piernas y sujetada con fuerza de los brazos por dos de sus cómplices, la médium estableció contacto con el espíritu de un marinero embarcado en el famoso acorazado HMS Barham –una de las joyas de la armada británica-. Según los testigos, éste le reveló cuáles fueron exactamente las circunstancias de su fallecimiento, desvelando así que el Barham había sido hundido poco tiempo antes cerca de Malta y que gran parte de su tripulación había perecido en el naufragio.

Y que tan cierto era: el 25 de noviembre de ese mismo año el buque fue alcanzado por tres torpedos alemanes, acabando así con la vida de más de 900 hombres. Cuando Duncan descubrió tantos detalles del hundimiento del Barham, el Almirantazgo británico aún no lo había comunicado de manera oficial por cuestiones propagandísticas -de hecho lo mantuvo en secreto hasta finales de enero de 1942, cuando los británicos se vieron obligados a reconocer la valiosa perdida después de que los nazis lo hicieran público y alardearan de ello-.

A partir de aquí, Helen Duncan comenzó a ser vigilada por las autoridades, aunque no fue hasta 1944 cuando se decidió actuar. El desembarco militar más grande e importante de la historia, tras la Operación Husky perpetrada en el Mediterráneo un año antes, estaba a unos meses de hacerse efectivo. Se trataba de una orquestada y hábil maniobra de suma importancia que, en el caso de salir bien, escribiría el comienzo del fin de Alemania.

Sus honorarios eran elevados, pudiendo oscilar entre las £50 y las £100.

Pero, ¿y si aquella médium escocesa se enteraba de todo por algún bocazas borracho dispuesto a gastar su dinero en cuestiones del más allá? No cabe duda que todo se iría al garete y con ello las posibilidades de derrocar a Hitler. Lo mejor era echarle el guante a Duncan y sentarla ante un tribunal. Y la única ley que se pudieron sacar del bolsillo juristas y militares fue una antiquísima, de 1735: La Ley de Brujería.

En uno de los artículos de la misma se recogía el castigo por la actividad fraudulenta de espiritismo. Ahí radicaba la clave. La pena sería mayor que juzgarla por la Ley de Vagancia y las informaciones de ese calado harían estragos entre los medios de comunicación que se encargarían de difamarla. Mala prensa y prisión. Con eso se acaba el problema Helen Duncan. Y así fue. Los responsables de su detención respiraron aliviados y seguro que pensaron que Europa estaba salvada. “Menudos zoquetes”, debió opinar Churchill de ellos. Algo que manifestó de manera firme en una carta enviada al Ministro de Interior, Herbert Morrison:

Envíeme un informe sobre las razones por las que la Ley de Brujería de 1735 ha sido utilizada en un tribunal de justicia moderno. Cuál fue el costo de este juicio para el Estado, teniendo en cuenta que los testigos fueron traídos desde Portsmouth y se les ha mantenido aquí, en este Londres abarrotado, durante una quincena, y el juez ha estado ocupándose de toda esta tontería obsoleta, en detrimento de otros trabajos necesarios en los tribunales.

De esta forma, Helen Duncan pasó a la posteridad como la última persona condenada en virtud de la Ley de Brujería. La repercusión que tuvo el juicio contra la espiritista contribuyó a su derogación definitiva en 1951 por parte del Parlamento Británico. La reclusa cumplió su condena en la cárcel de Holloway, al norte de Londres, y cuando fue puesta en libertad prosiguió con su «trabajo». En 1956 la policía volvió a detenerla tras irrumpir en una de sus sesiones. Moriría poco tiempo después en su casa de Edimburgo. Actualmente existe un numeroso grupo de médiums británicos que continúa reclamando el indulto a título póstumo de su idolatrada Helen Duncan.

Helen Duncan con su marido Henry, después de la guerra.

Para resaltar la hipocresía que a veces –o muchas veces- salpica a la historia, decir que el propio gabinete del Primer Ministro junto con el MI5 diseñaron en septiembre de 1940 el Departamento de Investigación Psicológica. Una rara oficina de guerra que mucho tenía que ver con los temas esotéricos, ocultistas y astrológicos para intentar derrocar al enemigo. Al frente del mismo estaba el especialista en parapsicología Louis de Wohl, quien llegó incluso al rango de capitán. Éste se dedicaba ni más ni menos que a predecir los movimientos de Hitler utilizando las estrellas. La idea surgió de la creencia de que el Fürher tomaba sus decisiones estratégicas siguiendo los consejos de su círculo de astrólogos y que, por tanto, uno de ellos debería ser capaz de deducirlas siguiendo ese mismo método.

Todavía hoy en día se discute hasta qué punto la contribución de Wohl sirvió para algo. Entonces, si Churchill consintió la creación de tal departamento, habría que haberle preguntado a Sir Winston que cuánto dinero y esfuerzo le costó todo aquello. En fin, incongruencias de la vida.

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David Rodríguez C. | @muyhistoria

Periodista 3.0, escritor e investigador. Apasionado de la II Guerra Mundial y de la Historia en general. Todo el día de aquí para allá.

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