Una de las ciudades más ilustres de la antigua Grecia fue Corinto. Privilegiada por ser lugar de paso para llegar a la región del Peloponeso y parada obligada, por tanto, para los que viajaban a Esparta.

La ciudad era bien conocida entre las élites aristocráticas de la antigüedad quienes la elegían para realizar sus reuniones y eventos sociales.

Según la mitología griega, Corinto fue fundada con el nombre de Éfira por Sísifo, su primer rey. También es mencionada por Homero, con su nombre antiguo, entre los territorios que lucharon bajo el mando de Agamenón en la guerra de Troya.

Casco Corinto
Casco Corinto

De los restos arqueológicos que se conservan destacan las siete columnas que quedan en pie del templo de Apolo. Los restos de algunas fuentes, de entre la que destaca la de Pirene, el templo de Asclepio, el ágora romana, el odeón, del teatro, el anfiteatro romano, y el llamado templo E, un templo romano que Pausanias dijo que había sido dedicado a Octavia, la hermana de Augusto.

En la cima del acrocorinto se hallan restos de diversas construcciones, desde iglesias bizantinas a torres venecianas, pasando por mezquitas turcas. También, en esa zona, se conservan murallas de diversas épocas y estilos, predominando las de la época bizantina (h s.X).

Se conserva también una calzada llamada “diolkos”, que funcionó desde el año 600aC. hasta el siglo I dC, a través de la cual las embarcaciones podían cruzar el istmo de Corinto por tierra hasta el golfo Sarónico.

El diolkos permitía a los barcos “navegar” desde el mar Jónico hasta el mar Egeo, evitando navegar alrededor del rocoso litoral de la península del Peloponeso.

En Corinto surgió uno de los más bellos y consistentes órdenes arquitectónicos así como los principios de la medida proporcional para aplicar a estatuas y figuras.

Pero no solo destacaba el arte, la industria del bronce que tenía la ciudad era la de mayor calidad de su época. Allí estaban los mejores hornos de todo el Mediterráneo.

Afrodita era la protectora de la ciudad, la diosa de la belleza, el amor, el deseo, la lujuria, el sexo… Y así era su ciudad protegida, igual que su diosa. Llena de excesos tanto en la belleza como en lo tangible. Corinto era, según Pausanias, la más idílica de las ciudades de la época clásica.

Fue, al propio tiempo, cuna de héroes legendarios —tales como Sísifo y Belerofonte—Belerofonte—y la más cosmopolita de las urbes clásicas.

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