El niño de Crécy

Ya desde mi tierna infancia los libros de Historia me atraparon, al igual que los pinceles exquisitos de Basil atraparon la juventud de Dorian Grey en un lienzo, como un hechizo.
En esta presentación trataré de explicar cómo fue, y dejándome aconsejar por Miguel Delibes, utilizaré los tres ingredientes necesarios para un buen relato: un hombre, un paisaje y una pasión.

Batalla de Crècy por Harry Payne (1858–1927)
Batalla de Crécy por Harry Payne (1858–1927)

Desde el faro de Meirás, antorcha salvadora que guía a los intrépidos marinos de la Costa da Morte hacia las calas de arribo, puede verse la playa de Valdoviño, la cual se extiende amplia y hermosísima, con olas bramantes que convierten la orilla en un lecho espumoso.
Entre la playa y la carretera que conduce hacia las primeras casas del pueblo, hay una llanura arenosa moteada por bosques, dunas y acequias, y a la izquierda, un lago tranquilo cubierto de vegetación.

Éste era el entorno en el que yo pasaba las vacaciones de verano, y en el que, al igual que el famoso hidalgo Alonso Quijano, vivía muchas aventuras merced a mi imaginación inflamada por todas las historias de caballeros y castillos que devoraba, página a página, antes de dormir.

Un día llegó a mis manos un libro sobre la guerra de los cien años, magníficamente ilustrado por un tal Pierre Probst, y así me sumergí en los pormenores de ese conflicto que enfrentó a Francia e Inglaterra durante los siglos XIV y XV, y el cual llenó Europa de bizarros guerreros que pasearon sus blasones familiares de refriega en refriega y de asedio en asedio, hasta que los trovadores cantaron sus victorias o varios palmos de tierra cobijaron sus despojos. Me maravillé con las hazañas del Príncipe Negro y sus cabalgadas por Aquitania, que dejaron un rastro de muerte y ruinas; pero, lo que más exaltó mi corazón (quizá por la ilustración a doble página que acompañaba) fue la narración sobre la batalla de Crécy.
Al día siguiente me desperté, excitado, y como todas las mañanas, bajé hasta la playa de Valdoviño acompañado por una espada de madera y por Luna, la fiel perra esbelta y marrón de la familia. El mes de agosto se presentaba en todo su esplendor. El cielo era de un azul intenso, no se veía ni una nube y cantaban innumerables pájaros.
La película Excálibur, de John Boorman, daba vueltas en mi cabeza. Poco a poco empezó la transformación. Yo ya no era un niño con un palo de madera, sino Eduardo de Woodstock, el Príncipe Negro, hijo del rey de Inglaterra, y aquella mañana iba a participar en una batalla decisiva.

Hundrer Years War - por Brian Palmer
Hundrer Years War – por Brian Palmer

Protegido por mi armadura negra, negro también el caballo y el escudo, calada la visera del yelmo y blandiendo un espadón, me puse al frente de mis tropas y, por orden de mi padre, ocupé el flanco derecho. El centro del ejército inglés era denso y compacto, ocupábamos la colina y la pendiente que bajaba hasta el río, y nos apoyábamos en la torre del pequeño pueblecito que marcaba la intersección de los caminos. Frente a nosotros, habíamos extendido una muralla de estacas afiladas, y tras ellas habíamos colocado a un gran número de arqueros de arco largo y capucha verde.

Allí esperamos, nervio y ansia, hasta que el rey de Francia se presentó con sus huestes de plata y azul.
Recuerdo que sentíamos temor al verlos avanzar por el camino de la playa de Valdoviño. Los miembros de la caballería gala venían flamantes, recubiertos de brillantes armaduras, con las lises de sus banderas ondeando al viento. Se veía el escudo blanco del duque de Anjou, los tabardos turquesa del séquito de Montmorency, los colores de la casa señorial de los duques de Borgoña, que rivalizaba en ostentación con la del propio Felipe VI de Valois. Al frente destacaban también los paveses carmesí de los ballesteros genoveses, y por último, infantes y más jinetes, erizados de lanzas.
Tronaban los disparos de las bombardas y una lluvia de flechas oscurecía el cielo. Siguiendo los ecos de las trompetas y el flamear de sus estandartes, la caballería francesa, siempre junta, siempre ordenada, subía al galope por la loma llena de estacas, atravesando una nube acerada de proyectiles.
Nuestra infantería esperaba nerviosa, muda. Los arqueros no dejaban de disparar; les sangraban los dedos. «¡Por Inglaterra!» Gritábamos.
Cuando llegaron a la cima, la descarga de flechas fue tan terrible que la carga francesa se detuvo. Los caballos caían atravesados por muchos dardos, se encabritaban, arrojaban por tierra a sus jinetes con entrechocar metálico, pisoteaban los tabardos, se aplastaban en horrible confusión… Cuentan las historias que el rey de Francia lloraba mientras reorganizaba a sus caballeros y los hacía volver a cargar hacia una muerte segura.
En mi flanco se concentraba el ataque galo, pero los hicimos retroceder. Luego llegó mi turno, y yo, joven, intrépido, deseoso de ganarme el aplauso de mi padre, me lanzaba al ataque, rodeado de mi escolta de caballeros de capa escarlata, contra el flanco derecho del francés.

Ahí me veo yo, con la espada de madera en alto, subiendo hacia el puesto de socorrismo, o el torreón de Crécy, con la orquesta de Carmina Burana resonando en mis tímpanos, acudiendo en ayuda de Sir Ompfrey.
Blandía mi arma como un rayo, y de un terrible mandoble partía en dos el yelmo del Señor de Clement. Después, pie a tierra, arrancaba de sus manos muertas la bandera del Pez Dorado, la cual colgué en mi castillo, sobre la chimenea del gran salón, donde todavía se encuentra hoy.
Mi fiel amigo Dorier caía en la refriega; y yo lo vengaba y corría a sujetarle la cabeza, mientras él, moribundo, me dedicaba sus últimas palabras.
Cuando la nube de humo se disipaba nos abrazábamos victoriosos. Los franceses se retiraban. Éramos dueños del campo.

The Black Prince at Crecy - Julian Russell
The Black Prince at Crecy – Julian Russell

Exhausto, me sentaba en el suelo a recobrar el aliento, y Luna venía a lamerme la cara. Al cabo oía las voces de mi padre, que me sacaban de mi ensoñación, y juntos íbamos a bañarnos al mar.
Recuerdo bien a mi padre en aquellos días, sentado sobre la toalla, con un cigarro en los labios y un libro en las manos, mientras yo batallaba cerca.
Después subíamos a casa a comer, con gran apetito, y yo volvía a engolfarme en mis libros y juguetes, deseoso de que llegara la mañana siguiente para volver a recrear, paso por paso, aquella batalla de Crécy que siempre me esperaba.
Pero aquella batalla no consistía en ruinas arqueológicas, descubrimientos históricos ni palpables, sino que era un sueño, una silueta difusa entre las sombras del tiempo y el espacio; y os juro que aun a día de hoy, tantos años después, si paseo por la playa de Valdoviño, el rumor del mar se convierte de pronto en rumor de cabalgaduras, roce de arneses y el paso de tropas en movimiento. Y puedo sentir, hasta que se me eriza el pelo de la nuca, el estruendo de las furiosas cabalgadas, el refulgir de los aceros y los gritos de guerra bajo el sol plomizo del verano.

 

Héctor J. Castro

Nacido en Ferrol, profesor de lengua inglesa y novelista. Su pasión por la Historia lo ha llevado también al modelismo de escenas bélicas, en el que ha conseguido varios premios de pintura y escenografía. En 2016 publicó el primer volumen de su trilogía El Siglo de Acero.

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Facebook Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Close
A %d blogueros les gusta esto: