Diego Corriente, el “Robin Hood” español

Diego Corriente, «el ladrón de Andalucía, el que robaba a los ricos y a los pobres socorría».

«Es Diego Corriente, no Corrientes. Todo el mundo, incluso algunos historiadores, se la pone, pero es Corriente, sin “s”», aclara Jesús Almazán, director del Museo del Bandolero, cuando se le pregunta por el más famoso bandolero del siglo XVIII, un joven ladrón de caballos que a través de los años y de los romances, novelas, cómics y películas ha pasado a la historia como «el bandido generoso»

(Extracto del artículo de MÓNICA ARRIZABALAGA para ABC)

diego-corrientesNacido en Utrera, en agosto de 1757. Se hizo popular por eso mismo, robar a los ricos y repartir -algo del botín- entre los más necesitados.

Cuentan, los que han investigado en su figura, que no hay pruebas documentales fehacientes de que hiciera eso en realidad, pero la ausencia de delitos de sangre en sus fechorías y la fama popular que le acompañó mientras vivió avivaron ese mito. Creando un Robin Hood andaluz. Mito ayudado por las muchas coplas que autores como José María Gutiérrez del Alba le dedicaron en el siglo XIX:

«Diego Corriente yo soy / aquel que a nadie temía / aquel que en Andalucía / por los caminos andaba / el que a los ricos robaba / y a los pobres socorría»

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Actúa en tiempos de Carlos III el cual ordena, en 1780, su captura ofreciendo 100 piezas de oro, o 10.000 reales, —según qué fuente— a quien lo entregase. Vivo o muerto. No se sabe exactamente por qué se hizo bandolero, aunque es posible, según el director del Museo del Bandolero, que se rebelara contra la situación existente en Andalucía de explotación de los latifundios por los “señoritos”.

Comienza sus andanzas a los 19 años, robando caballos y llevándolos a Portugal para ser vendidos. La figura de archienemigo de esta historia sería la de Don Francisco de Bruna (1719-1807), del que se conservar numerosas cartas en las que habla de la persecución del bandolero, con detalles tan curiosos como la descripción completa de Diego:

“De dos varas de cuerpo, blanco, rubio, ojos pardos, grandes patillas de pelo, algo picado de viruelas y una señal de corte en el lado derecho de la nariz”

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De las cartas de Bruna se extrae también una de sus hipótesis, la de que es muy difícil de atrapar porque los campesinos le ayudan, ya que les da dinero —según las cartas de Bruna.

Su archienemigoo, como le llamamos aquí, no era el típico cazarrecompensas, no, en Sevilla se le llamaba “El Señor del Gran Poder”, ya que en sus manos acaparaba todos los resortes de la autoridad. Era caballero de la Orden de Calatrava, del Consejo de su Majestad, Oidor Decano de la Real Audiencia, Regente, Alcaide del Real Alcázar, Honorario del Supremo Consejo, Cámara de Castilla, magistrado severo…y un largo etcétera de cargos y cualidades férreas que le convertían en la persona de más poder en Sevilla.

53172614Una leyenda popular, de tantas que corren alrededor de Diego Corriente, narra el encuentro en uno de los caminos hacia Sevilla (algunos estudiosos sitúan este episodio en las proximidades de Las Alcantarillas, donde aún hoy lo recuerda la Torre de Diego Corriente) entre Bruna, que iba en su carruaje, y el bandolero, a caballo. Según la historia:

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—A la paz de Dios—dijo Diego acercando su jaco al carruaje por el lado á que se asomó el Sr. Bruna.—No se moleste usía en preguntar á Sebastián, porque al probé se l’atragantao una espina y no pué contestá. Aquí estoy yo, Diego Corriente, pa servir á usía y responderle con arreglo á mi corto saber.

El regente, á pesar de su valor, serenidad y firmeza de carácter, hizo un movimiento de temor fijándose en las pistolas que Diego tenía aún en las manos.

—No s’asuste usía—dijo éste, comprendiendo el gesto y guardando pausadamente las armas.—Diego Corriente roba a los ricos, socorre á los probes y no mata á naide. A usía lo han engañao si l’han dicho otra cosa. Lo que Diego jase, cuando llega er caso, es demostrarle ar Señó der Gran Poé qu’está en la Audencia, que él no le teme más que ar Señó der Grau Poé que está en San Lorenzo.

—Acabemos—rugió el Sr. Bruna que recobrada un tanto su entereza, quiso hacer alarde de su altivez y de su, arrogancia.

—Empecemos—replicó el bandido, con calma zumbona y desesperante.—Pos es er caso, señó, que traigo desabotonao, por una causaliá, er botín derecho y venía á pedí á usía er favo de que me pusiera esos dieciséis brochesiyos, que es custión de sinco minutos y cosa de bien poco trabajo.

El Sr. Bruna, con el rostro encendido y los ojos fijos y relucientes casi fuera de las órbitas, como si sufriera el amago de una congestión, permaneció inmóvil. Diego Corriente, sacando el pie derecho del estribo lo puso pausadamente sobre la portezuela del coche y esperó.

Hubo algunos instantes de imponente silencio.

El regente de la Audiencia, dominado por la irresistible fuerza de la situación, hizo un supremo esfuerzo, y procurando revestir con cierta dignidad aquella inevitable humillación, fría, serena, reposadamente abrochó el botín, y terminada tan extraña tarea, levantó con altivez la cabeza y clavó en los ojos de Diego Corriente una mirada que hubiera hecho estremecerá hombre menos resuelto y valeroso,

—El Señó der Gran Poé le premie á usía la güeña obra—dijo el bandido retirando el pie de la portezuela del coche y colocándole de nuevo en el estribo.

—El Señor del Gran Poder—replicó el magistrado con voz ronca, tono solemne y marcada initención—no te olvidará seguramente.

A una seña de Diego, el desmirriado chicuelo de dos saltos pasó del pescante al siuelo y del suelo a las ancas del jaco que, espoleado por aquel, se alejó hacia el campo a trote corto, en tanto que el coche del regente volaba hacia Sevilla, porque el cochero, al verse libre, azotó los caballos como si quisiera vengar en ellos el susto recibido ó como Si temiera un nuevo atentado de consecuencias menos satisfactorias.

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También existían leyendas sobre los muchos amoríos del joven bandolero, la más extendida —tenida incluso por real— era la de su relación con la sobrina de su enemigo.

Sin datos ni documentación histórica tampoco, pero ahí están sus historias… ¡Sin duda leyendas de novela, capa y espada! Entre el zorro y Robin Hood diría yo (Águila Roja dice por aquí un amigo mío).

Es en 1780, año en que se publica su busca y captura, huye a Portugal debido el acoso de las autoridades.

Se cuenta, que mientras estaba proscrito —otra leyenda por supuesto— se presentó en casa del Sr.Bruna, en Sevilla, solicitando audiencia. Cuando el magistrado lo recibió sacó sus dos pistolas, las amartilló y gritó:

«Yo soy Diego Corriente. ¡Los diez mil reales, y pronto!»

Así cobró su propia recompensa el bandolero.

1937-diego-corrientesDicen que detrás de toda leyenda hay algunas verdades. Los investigadores coinciden en que, aunque la mayoría, son de incierta procedencia, sí son ciertas otras historias como la de que fue pueblo por pueblo arrancando los edictos colgados contra el.

En Portugal, concretamente en la localidad de Olivenza —hoy localidad de Badajoz— es apresado por una compañía del ejército portugués, cuentan que por culpa de una mujer celosa que lo delata. Como no, Claro.

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Un capitán portugués rodeó con cien soldados el cortijo en donde se escondía y le dijo:

«¡Corrientes! Yo siento venir a prender a un hombre de tus agallas, pero no tengo más remedio. No tires y entrégate. Hay cien fusiles apuntándote y yo no quiero matarte. Yo cumplo órdenes, compréndelo».

diegoc1Capturado Corriente, el conde de Floridablanca solicitó el cumplimiento el tratado de extradición de 1778. Diego Corriente fue trasladado a una cárcel de Badajoz y posteriormente a Sevilla, el domingo de ramos de 1781, para ser juzgado.

«En los cinco días que permaneció en la prisión no aceptó comer solo en su celda, porque tenía que compartir la comida con alguien y el alcaide de la Cárcel tuvo que admitir esta exigencia, y así cada vez que era la hora de comer, habían de venir a la celda dos o tres soldados de la guardia y comer con él y a beber a discreción, la comida y el vino que la familia de Diego Corriente llevaba cada día a la Cárcel» (Esto lo contaba el propio Francisco de Bruna en una de sus cartas.)

33417885Es condenado a muerte cinco días después, en la horca. La sentencia tiene lugar el Viernes Santo (algo prohibido desde tiempos de Alfonso X) en plena plaza de San Francisco —La escena: Sevilla en semana santa y un ahorcado en la plaza. Tenía apenas 24 años y nunca se había manchado sus manos de sangre.

Cuando ejecutan la sentencia su cadáver se descuartiza y se envían sus trozos a las capitales de provincia en donde había actuado. Su cabeza se quedó en Sevilla, siendo expuesta en un lugar público —aunque no hay pruebas de esto—, para más tarde ser sepultada en la iglesia de San Roque —donde ya habían enterrado su tronco— todo según hipótesis posteriores. Hay mucha controversia en cuanto al final de los restos del bandolero.

En 1975 apareció cierta calavera durante unos trabajos de restauración que se estaban efectuando en San Roque. Un garfio (o un clavo) atravesaba el cráneo, según la tradición la cabeza fue expuesta con un clavo y así se enterró… aunque el hallazgo no está comprobado.

captura-de-pantalla-2016-11-16-a-las-17-49-56Películas, cómics, relatos y coplas han llegado a nuestros días contando estas, y muchas otras leyendas. Y es que Robin Hood… no es más que el Diego Corriente inglés.

Más Info:

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