Un breve relato sobre Giovanni de Médici, el mercenario a sueldo del Papa

Mi nombre es Cosme de Médici, y mi padre, Giovanni de Médici, fue un ilustre Condottiero.

Para quien no esté familiarizado con el concepto, los condottieros fueron hábiles comerciantes de la guerra que alquilaban su mercancía militar al mejor postor.

Ningún ideal patriótico los guiaba y no tenían inconveniente en cambiar de bando, incluso en mitad de una campaña, según sus intereses pecuniarios.
Mi padre fue valiente y astuto, supo hacer sus contratos y desfigurar lealtades. Se cubría con una armadura bruñida y un yelmo de imponente cimera, el cual me aterrorizaba. Reunió sus mesnadas y las puso al servicio del Papa León X, primo de su padre, y se marchó a batallar contra el duque de Urbino, al cual venció en 22 días.

Giovanni de las Bandas Negras. Por Luigi Marchioni
Giovanni de las Bandas Negras. Por Luigi Marchioni

En 1521 murió su patrón el papa León X, entonces Giovanni, en homenaje, enlutó su estandarte añadiéndole unas franjas negras. De ahí el apelativo de Giovanni delle Bande Nere y el de su escuadra mercenaria, las Bandas Negras, cuyos miembros, emplumados como faisanes, pertrechados con ruidosos arneses, a lomos de imponentes corceles que humeaban de sudor, marchaban por los campos secos de Italia para aparecer súbitamente entre las hogueras de los campamentos, frente a las ciudades sitiadas.

Se pasó la vida guerreando; por eso lo vi tan poco durante mi infancia florentina. Más de una vez, en la alta noche, cuando la bruma invadía los mármoles blancos, me he empinado en mi lecho para atisbar por la ventana su retorno sobrecogedor entre el llamear desmelenado de las antorchas, con ruido de caballerías y de hierros que resonaban en la campiña, sobre el murmullo de los grillos, y que anunciaban, como las campanas de San Nicolo, que el señor volvía de la guerra.

Las Bandas Negras, por Luigi Marchioni
Las Bandas Negras, por Luigi Marchioni

Después de una corta pero ilustre vida militar, mi padre encontró la muerte, mientras servía en calidad de capitán del ejército papal, en una confusa escaramuza, perdida en los libros de Historia, contra los lansquenetes del emperador.
Una bala de falconete le alcanzó una pierna, y aunque los cirujanos le amputaron el miembro estropeado, Giovanni de las Bandas Negras falleció cinco días después, en un lecho del palacio de Mantua.
Muchos estudiosos aseguran que con él murió la época de los condottieros, y seguramente lleven razón. Mi padre fue el último. Su muerte representó el paradigma del ocaso de la caballería, que, a partir de aquellos años, cedería el protagonismo bélico a las nuevas armas de fuego.

Dicen que el papa Clemente VII, que era su nuevo patrón, se escondió en sus aposentos para llorar su muerte, pues con ella, Roma quedaba a merced de las huestes de Georg Frundsberg, el cual avanzaba hacia las puertas de la Cuidad Eterna blandiendo una soga pasada con hilo de oro, asegurando que ahorcaría al vicario de Cristo con ella.

Las tropas imperiales acamparon frente a Roma y el papa Clemente buscó refugio tras los muros del castillo de Sant Angelo, junto a  varios cardenales, patricios y personas principales, entre las cuales estábamos mi madre y yo.
Tronaron las armas. Roma fue tomada y saqueada sin freno. Yo lloraba, asustado con el estruendo de la pólvora y el entrechocar del acero, y me aferraba a las faldas de mi madre, mientras ella veía a través de una aspillera cómo ardía la cuidad. Los soldados españoles del condestable de Borbón y los lansquenetes de Frundsberg recorrían las calles con los sombreros y morriones rebosantes de plata y oro, y colgaban collares de perlas de sus picas y espadones. Los luteranos, en acto de total profanación, bebieron vino del copón del Santísimo y envolvieron a sus mujerzuelas con el Velo de la Verónica.
Yo, con mi mente infantil, culpaba a la muerte de mi padre de todo aquel horror, y me preguntaba por qué no estaba allí, como era su deber, peleando para defender la sede de la cristiandad. Pero ahora creo que precisamente Dios se lo llevó en el momento oportuno, para que no fuese testigo de aquel saqueo de Roma: posiblemente el acontecimiento más terrible del siglo XVI, y eso que hubo muchísimos.

El Saco de Roma en 1527
El Saco de Roma en 1527

Sin duda, mi padre fue un gran hombre. Un gran hombre de su tiempo, claro. Ni mejor ni peor que otros. Algunos lectores pensarán que sólo era un asesino preocupado por defender los intereses de unos papas que manchabas sus sotanas de sangre y vino; pero en el siglo XVI se podía conseguir el máximo prestigio en la sociedad merced al oficio de las armas. Eran otros tiempos, y otros hombres. Y las plazas de las ciudades todavía se adornaban con los bronces inmortales de los guerreros. En 1520, el valor aún significaba algo.

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Héctor J. Castro

Nacido en Ferrol, profesor de lengua inglesa y novelista. Su pasión por la Historia lo ha llevado también al modelismo de escenas bélicas, en el que ha conseguido varios premios de pintura y escenografía. En 2016 publicó el primer volumen de su trilogía El Siglo de Acero.

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