El origen de estos reinos se remonta al reparto de las tierras que Alejandro Magno dominaba por sus generales.

Babilonia y Siria para Seleuco; Asia para Antígono; Egipto para Ptoloméo, que fundó la dinastía Lágida; Tracia y Asia Menor a Lisímaco y finalmente Grecia y Macedonia para Casandro hijo de Antípatro.

Alejandro Magno

Bajo el mandato de los ptolemaicos, en Egipto, Alejandría se convirtió en la “nueva Atenas”. Pasó a ser el centro intelectual y económico del mundo griego. La dinastía Lágida emprendió numerosas construcciones civiles para hacer de esta ciudad un enclave sin igual, como el famoso faro o la gran biblioteca. Gracias a estos avances la cosmopolita Alejandría se convirtió en la capital del mundo antiguo, era una ciudad iluminada por el faro e iluminada por las mentes más brillantes de la época que acudían atraídas por la biblioteca y el museo alejandrino.

Alejandría y su faro

En los reinos seleúcidas y antigónidas la situación era otra, las diferentes culturas que los formaban no contemplaban las particularidades del mundo egipcio y su cultura y mucho menos ese respeto innato por sus dirigentes. Los lágidas supieron hacer uso de las costumbres egipcias en su favor, para legitimizarse como dioses-reyes. Seleúcidas y antigónidas cedieron poder a favor de los gobiernos locales de las polis, con el fin de mantener una hegemonía en sus dominios sin rebeliones independentistas, haciendo de éstas unas polis autónomas. No obstante ambas dinastías crearon unos órganos de control para imponer su legislación, tratados y formas de cobro de tributo a la población bajo su gobierno.

La implantación en los tres reinos de una clase dirigente greco-macedonia marginaría la clase alta nativa, lo que provocaró disgregaciones internas y debilitaría esos reinos.

Algo común entre lágidas y seleúcidas eran los llamados laoi basilikois, campesinos con formación militar que formaban parte de la reserva activa del reino y que en tiempo de paz trabajaban como agricultores -que cultivaban la basiliké chora (tierra real). A estos campesinos se les aplicaba un modelo de economía redistributiva beneficiosa para el ente originador: el gobierno. Se les surtía de aperos y semillas; debían entregar la mitad de lo obtenido, más la cantidad de semilla recibida.

Los lágidas sometieron a tributo hasta la tierra sagrada de los templos, lo que no gustó a los sacerdotes egipcios. Sometieron también la propiedad privada a gravamen y crearon un cuerpo militarizado de recaudadores de impuestos.

El gobierno Ptolemaico sobre Egipto podría denominarse como una idea de Mercantilismo de Estado, pues también aplicaron un control férreo a todo comerciante, canteras, minas, aceite, producción de lino y de cerveza. Este control excesivo de los movimientos económicos era común a los tres reinos.

El control arancelario y de tributos a los que sometían a los ciudadanos llegó a ser extremo. Esto propició un odio hacia lo griego que facilitó mucho las cosas a Roma.

La última de las coincidencias principales, entre los tres nuevos imperios, es que los tres reinos cayeron bajo el poder de la potencia emergente: el Imperio Romano.

Cleopatra VII

Primero cayó Perseo de Macedonia en el 168 a.C. extinguiéndose la línea antigónida, le siguieron años más tarde (63 a.C.) los seleúcidas que, cautos, se anexionaron voluntariamente al imperio perdiendo los territorios más orientales a manos de las polis autónomas (Imperio Parto). Poco después Cleopatra VII se rendiría ante Roma en el 30 a.C., desapareciendo así la dinastía lágida.

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