1509, la conquista de Orán ( III de III )

Sin vacilar un instante, los españoles treparon por las escabrosas laderas de las montañas. Los ziyánidas disparaban sobre ellos nubes de flechas y disparos de espingardas, incluso les tiraban piedras. Causaron bastantes bajas por su posición elevada, pero sin lograr detenerlos.

 

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En vanguardia, el capitán Luís Contreras con sus fieles hombres, todos llegados de Guadalajara, que sembraron muerte y espanto entre los bereberes. Contreras era tuerto, y uno de esos capitanes que ya no quedan, no porque ya no los haya, sino porque siempre caían los primeros, y así fue; el capitán fue alcanzado por una flecha, hallando gloriosa muerte en combate, y su cadáver fue capturado.

 

fragmento de la fuente original donde se cita la decapitación del capitán Contreras
fragmento de la fuente original donde se cita la decapitación del capitán Contreras

Cortaron la cabeza de Luis Contreras y corrieron a enseñarla por la calles de Orán, se formó una procesión tras el soldado que la portaba, la gente lanzaba gritos de júbilo y se pregonaba que habían dado muerte al alfaquí de los cristianos, es decir, Cisneros. La turba se dirigió a las cárceles, en donde estaban los cautivos cristianos. Enseñaron el despojo a los mismos. Un morisco que había vivido en el reino de Aragón hacía de intérprete del soldado bereber ziyánida:

— ¿Es vuestro alfaquí? ¿El que trajo a nuestra tierra hoy la cruz de vuestro profeta?

Nadie respondía, es más, nadie parecía reconocer a Cisneros en ese rostro moribundo.

—Cisneros no es tuerto —dijo un anciano que se sentaba al fondo de la mazmorra —No es tuerto ni tan joven, yo lo conozco.

La cara del morisco le delató. No hizo falta traducción de sus palabras. No era el alfaquí. Su júbilo se trocó en tristeza, pero aun fue peor; una mujer que se había acercado hasta donde estaba la cabeza, al oír como hablaba el morisco con el soldado diciendo que no era el alfaquí gritó:

— ¡Todo está perdido! El primer cristiano muerto es falto de un ojo. Es mal augurio.

Con este incidente los ánimos de los defensores menguaron considerablemente, Alá había enviado su señal. No se pueden cambiar sus designios.

 

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El avance continuaba, Navarro colocó cuatro piezas de artillería que fulminaron las pocas alturas que defendían los bereber. Fue el comienzo de la estampida hacia Orán.

Los de Guadalajara, que habían perdido a su capitán, entraron en un furioso frenesí tras no poder impedir la mutilación de Contreras. Acuchillaron a todo el que podían dar alcance y salieron en desbandada persiguiendo la retirada del enemigo.

Así, se fueron desordenando las filas cristianas en persecución de las contrarias. De repente sonaron los cañonazos de la Armada. Cañonazos de los más afortunados de la historia naval de nuestros reinos, todos hicieron blanco, y cada uno destrozó las baterías defensivas más peligrosas de las defensas costeras.

Esto facilitó el desembarco de las tropas por el flanco marino y comenzó el asalto de la ciudad.

 

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CONQUISTA DE ORAN, POR J.DONON (1854)

 

Después de reñida lucha, lograron los españoles escalar los muros de la plaza, siendo el primero en plantar en ellos la bandera el capitán Sosa, de la guardia del cardenal; casi simultáneamente aparecieron en otros puntos seis estandartes más.

Dueños los cristianos de las puertas, las abrieron, y el resto de las tropas penetró en la ciudad. La noche acababa de caer, la luna, estandarte musulmán, no brillaba esa noche como lo hizo en noches pasadas.

Los ziyánidas, despavoridos, corrieron a encerrarse en las mezquitas y en algunas casas, fortificándolas para seguir defendiéndose.

 

 

El asalto de la ciudad fue incontrolable, el frenesí del combate salió del control de Navarro y sus capitanes. Saqueo, furia y muerte.

— ¡Detenéos! —Gritaba el conde sobre su corcel en la puerta de Orán —¡Están llegando refuerzos moros!

 

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Solamente unos pocos soldados oyeron sus advertencias, estaban desorganizados, y el rey de Tlemecén estaba en camino con un ejército, había que organizar las defensas de la ciudad. Pero los soldados estaban sordos a la voz de sus mandos. Hasta que el cansancio agotó sus fuerzas y horas después se quedaron dormidos entre los restos del saqueo y los muertos de la ciudad.

La fortuna quiso que Banu Zayan, el rey de Tlemecén; que observaba el asalto a la ciudad desde unas montañas próximas, no tratase de recuperar la ciudad. Quizás lo hubiera recuperado, porque solamente un pequeño grupo de soldados y los capitanos velaban los accesos. En vez de eso, se retiró lleno de desesperación y de odio, del que hizo víctima a los cristianos y judíos residentes en el resto del reino, mandando fuesen degollados enseguida.

 

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Al amanecer el nuevo día, volvieron las tropas a la obediencia y Navarro dió la orden de limpiar de cadáveres la ciudad, recoger los escombros y quitar las inmundicias y restos que apestaban la atmósfera. Cisneros no podía ver esta masacre.

— Villarroel —dijo el conde dirigiéndose a uno de sus capitanes —cuando la ciudad esté presentable acuda con uno de los barcos a Mazalquivir para anunciar a Cisneros que acuda para tomar posesión de la ciudad. —Villarroel asintió y se retiró con sus dos escuderos.

Al día siguiente determinó Villarroel que la ciudad estaba lista para serle presentada al cardenal y se presentó en Mazalquivir solicitando el embarque de Cisneros en la galera, junto a sus sacerdotes y religiosos.

Mientras ponían rumbo al cercano Orán se podían ver en los altos minaretes de las mezquitas los estandartes cristianos, algo que llenó de orgullo al cardenal. Al bajar a puerto eran muchos los que habían acudido a recibirlo, entre gritos de júbilo y aclamándole.

— Vos señor, sois el que ha vencido — le dijo Villarroel mientras observaban juntos los estandartes sobre las murallas.

El prelado respondió:

Non domine nobis, sed nomini tuo da gloriam… —eran unas antiguas palabras que Villarroel reconoció enseguida; y esbozó una sonrisa sobre su ruda cara de guerrero.

Navarro entregó a Cisneros las llaves de la fortaleza, y el botín cogido en la ciudad, que ascendía a una cantidad considerable. El cardenal no quiso nada para sí, no necesitaba el dinero, y dispuso se guardase el oro en las partes correspondientes para el rey y para el sostenimiento de la tropa.

Cisneros pidió a Navarro que le condujera a las mazmorras en donde estaban más de 300 cautivos cristianos, a los cuales ya habían retirado las cadenas, pero que no liberaron de sus celdas hasta la llegada del arzobispo. Fue el propio Cisneros el que abrió sus puertas.

 

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Tras esto recorrió a caballo el recinto de la ciudad, ordenando la restauración de las brechas. Purificó dos mezquitas, una la consagró al apóstol Santiago y otra a la Virgen de la Victoria. Ordenó construir un hospital y varios conventos y ordenó al capitán Fernando de Vera partir hacia la corte para dar la novedad al rey del éxito de la empresa.

 

— Querido conde, habéis obrado bien — dijo Cisneros mientras entraba en los aposentos de Navarro — tenemos más planes, este reino es débil y debemos tomar sus otras ciudades.

Navarro, que estaba sentado leyendo una carta, levantó su mirada y dijo:

— Santidad… yo no…

—Calle don Pedro, es usted un conde valiente y hábil caudillo. Ya demostró su valor y ciencia militar en las campañas de Italia junto al Gran Capitán, y ahora aquí. Usted y yo juntos lograremos tomar otras…

—Basta —interrumpió Navarro —Le respeto santidad pero es necesario que sepa que yo me debo a mi rey. Y mi rey ha tomado esta ciudad, ha sido el nombre del Rey Católico el que se ha usado en su toma, no el suyo. —Cisneros no se sorprendió de sus palabras —Vuelva a su diócesis a recoger los aplausos de su victoria y todo lo demás se hará en nombre del rey Fernando.

—Entiendo, me iré a cuidar de mis ovejas… ¿Usted sabe cuátas veces he oído la misma monserga? —Cisneros lo miró fijamente hasta que Navarro bajó la mirada

El conde se incorporó, alargó la mano y le entregó la carta que estaba leyendo, volvió la espalda al cardenal y se retiró de la habitación.

Pedro Navarro
Pedro Navarro

Era una epístola de puño y letra del rey Fernando:

Detened a ese buen hombre, que no vuelva tan aprisa a España, conviene usar de su persona y dinero entre tanto se pueda.

Detenedle, si podéis, en Orán y pensad si podeis en alguna interpresa.

Firma de Fernando II de Aragón.
Firma de Fernando II de Aragón.

Navarro le estaba haciendo un favor pidiéndole su huída, era un gran hombre. No traicionaba a su rey y tampoco a su honor.

Sabía Cisneros que el monarca codiciaba la mitra de Toledo para su hijo, y como Fernando nunca se distinguió por la nobleza de su proceder, confiando el mando de las tropas y buques a Pedro Navarro, regresó a España el 23 de mayo de 1509, no trayendo consigo, aparte de su séquito, algunos esclavoscon camellos que cargados de piezas de oro y plata, como parte del botín correspondiente al rey, y bastantes libros y pergaminos en árabe que tratan de medicina y astronomía, con destino a la biblioteca de Alcalá de Henares.

Llegó a la corte con las cuentas de los gastos de la expedición, según lo acordado, para le fueran devueltos. Entregó todo el botín al tesorero real, exceptuando las curiosidades con destino a la biblioteca de Alcalá; y solicitó el resarcimiento de lo siguiente:

  • Flete de navíos >5.957, 930 maravedís
  • Sueldo de gente de á pie >9.836, 276 1/2
  • Sueldo de gente de á caballo >906, 079 1/2
  • A personas particulas que han de dar en ello cuanta al rey >5.797, 428 1/2
    • TOTAL  22.557, 515 1/2 maravedís

 

 

Fernando el Católico
Fernando el Católico

A los que hubo de añadir 8.102,324 maravedís que se gastaron en mantener el ejército en Orán, hasta que Pedro Navarro salió con él sobre Bujía, lo que arrojaba un totoal de 30.659, 839 1/2 maravedís.

Maravedís. Burgos, 1497
Maravedís. Burgos, 1497

En vez de cumplir su palabra, seguía el rey buscando pretextos. Obligó a sus cortesanos a que lo acusaran de haberse quedado con parte del botín, para utilizarlo como excusa a fin de enviar un comisario regio para que viese si en sus posesiones había cosas de valor procedentes del saqueo de Orán; despachó comisionados a las poblaciones de la diócesis de Toledo con orden de obligar al cardenal entregase esclavos y cuantos objetos hubiesen traído de la ciudad conquistada.

Después de sufrir muchas humillaciones, y a fuerza de paciencia, logró Cisneros que el rey Fernando el Católico diese orden para que le pagasen.

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1509, la conquista de Orán ( I de III )

1509, la conquista de Orán ( II de III )

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Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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