1509, la conquista de Orán ( II de III )

Tan pronto como las tropas comenzaron a saltar a tierra, la orden del cardenal era clara: tomar la altura que existe entre Orán y Mazalquivir. Era una posición importante desde la cual, si el enemigo la tomase, podría dificultarles seriamente el avance.

 

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Una vez dominada la altura, formó todo el contingente. Montó Cisneros en una mula; vestía sus hábitos pontificales ciñendo sobre ellos una recia espada de combate, a su alrededor clérigos y frailes, entre los que destacaba el franciscano Fray Fernando que montaba un corcel blanco, con espada ceñida al lado y llevando en mano el estandarte del arzobispo.

 

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Vexilla Regis Prodeunt. “Avanzan ya los pendones del Rey…” Ese era el himno que entonaron los clérigos ante los soldados aquella mañana en el norte de África. Himno que precedió a las palabras de Cisneros, que se había subido a un repecho cercano.

—¡Soldados! —dijo con viva voz — Combatid con valor. Aquellos, son los enemigos de la cristiandad, que no contentos con haber avasallado nuestros reinos durante tantos años, piensan en volver a dominarlos. — el conde, Pedro Navarro escuchaba atento las palabras del viejo Cardenal, asintiendo con la cabeza —Recordad a los corsarios berberiscos que asolan nuestras costas ¿Cuántos hermanos cautivos tendrán en las mazmorras de Orán? Son nuestros hermanos… —el cardenal hizo una pausa —¡Vamos a liberarlos! — los soldados, contagiados por la pasión de las palabras de Cisneros comenzaron a gritar.

El cardenal bajó del repecho y se paseó por delante de las formaciones, seguido de su porta estandarte y a lomos de su mula. Se dirigió a Navarro, que se encontraba rodeado por sus capitanes.

—Yo iré el primero —le dijo el cardenal a Navarro —me sobra aliento para plantar en medio de las huestes enemigas esta cruz — señaló su estandarte y miró de nuevo hacia las tropas. —Tendré por dichoso de pelear y morir entre vosotros, como muchos de mis predecesores lo han hecho — gritó.

 

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Tal discurso pronunciado por un anciano sacerdote enardeció el valor de los soldados e infundió un gran respeto en los oficiales.

Navarro ordenó romper las formaciones y terminar de descargar la artillería y todo el material, mientras se alejaba con el cardenal.

 

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—Le ruego eminencia —dijo Navarro a Cisneros —que no ponga en peligro su vida, pues de lo contrario, muchos pondrán sus ojos en que no le pase nada y podría comprometer el resultado de la lucha. Ya ha echo mucho.

Se miraron fijamente. Cisneros asintió; era un hombre sabio —Rezaré pues don Pedro. Confío el mando del ejército en usted. —Y viró su mula para dirigirse a Mazalquivir —estaré en la capilla de San Miguel

 

Cisneros y su séquito en las costas africanas
Cisneros y su séquito en las costas africanas

 

 

Se aproximaba la noche, los observadores corrieron a la tienda del conde. Los ziyánidas se estaba aproximando y estaban comenzando a tomar posiciones en las lomas cercanas. Orán estaba a 6000 metros de su posición. Estaba claro que planeaban emboscarlos durante la noche cerrada.

—Buscad a un capitán —dijo Navarro muy serio —decidle que coja el corcel más rápido y parta en busca del consejo de Cisneros. Está en la capilla de Mazalquivir.

—Don Pedro… —dijo uno de los soldados —¿Qué mensaje debe llevar el capitán al prelado?

El conde levantó la vista y dijo:

—Si hacemos sonar las trompetas sin más espera.

 

 

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Poco tardó el capitán en llevar la cuestión al cardenal, igual que poco tardó en regresar con sus palabras al conde.

Las palabras de Cisneros fueron:

— No dejéis enfriar el ardor de los soldados. Atacad al enemigo sin dilación, sin miedo, porque estoy cierto que vais a ganar hoy una gran victoria.

 

Cardenal Cisneros. Eugenio Caxés (1605). Al fondo de la escena se representa el asalto a unas murallas, sin duda las de Orán.
Cardenal Cisneros. Eugenio Caxés (1605).
Al fondo de la escena se representa el asalto a unas murallas, sin duda las de Orán.

 

Acto seguido sonaron las trompetas dando la señal de ataque, y se dividido en cuatro cuerpos a la vez que la artillería rompía el fuego.

El ejército avanzó, con un grito al unísono: ¡Santiago!

 

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Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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